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Maestro Omraam Mikhaël Aïvanhov

Las enseñanzas iniciaticas del Maestro.


Una educación que comienza antes del nacimiento

10 de Julio, 2007, 20:09

Por @ 10 de Julio, 2007, 20:09 en Libros Del Maestro Aívanhov
 Omraam Mikhaël Aïvanhov
una educación que comienza antes del nacimiento
4ª. Edición
Colección Izvor
No. 203
Ediciones Prosveta
ÍNDICE
I.- Enseñar a los padres primero, 2
II.- Una educación que comienza antes del nacimiento, 4
III.- Un plan para el futuro de la humanidad, 9
IV.- ¡Ocupáos de vuestros hijos!, 12
V.- Una nueva comprensión del amor maternal, 14
VI.- La palabra mágica, 20
VII.- No dejar nunca a un niño inactivo, 23
VIII.- Preparar a los niños para su futura vida de adultos, 26
IX.- Preservad en el niño el sentido de lo maravilloso, 28
X.- Un amor sin debilidad, 31
I



ENSEÑAR A LOS PADRES PRIMERO
Puede ser que algunos de vosotros os preguntéis por qué casi nunca trato de la educación de los niños, a pesar de mi condición de pedagogo. Todos los pedagogos se ocupan de los niños, menos yo, que soy la excepción. ¿Por qué? Porque pienso que es necesario comenzar por enseñar a los padres.
No creo en ninguna teoría pedagógica, creo solamente en la manera de vivir de los padres antes y después del nacimiento de los hijos. He ahí por qué no he querido nunca hablar dema-siado sobre la educación de los niños. Si los padres no hacen nada por educarse ellos mismos, ¿cómo van a educar a sus hijos? A los padres se les habla de la educación de sus hijos como si verdaderamente estuvieran preparados para ello; desde el momento que tienen hijos, se considera que están preparados. No, muy a menudo no lo están, y es a ellos a quienes hay que instruir y a quienes hay que enseñar cómo conducirse para que influyan favorablemente en sus hijos.
Pero como no conocen mi programa, me critican: «¿Pedagogo? ¡Pff! ¡Cómo va a serlo si nunca habla de la educación de los niños!» En realidad no han comprendido todavía mi punto de vista. Mientras los padres no estén preparados, aunque les demos las mejores explicaciones pedagógicas no servirá de nada, y harán mucho daño a sus hijos queriendo aplicar nociones que no han comprendido.
Cuánta gente que quiere tener hijos no se preocupa de saber si verdaderamente reúnen condiciones para ello, si tienen buena salud y medios materiales para educarles, y sobre todo, si poseen las cualidades necesarias a fin de ser para sus hijos un ejemplo, una seguridad y un consuelo en todas las circunstancias de la vida. No lo piensan. Traen hijos al mundo y estos hijos crecerán solos, a la buena de Dios, se desenvolverán como puedan, y un día tendrán hijos en condiciones tan deplorables como las de sus padres.
Estoy sorprendido de ver tantos chicos y chicas que desean casarse sin pensar en prepararse para su futura función de padres y de madres. Cuando a veces me encuentro alguna chica encinta, verdaderamente me digo... ¡Una niña que lleva en su seno un niño! Se ve en su cara: es una niña. Entonces, ¿qué ocurrirá? Es preferible no tener hijos mientras no se está preparado, de lo contrario se paga muy caro.
Diréis: «Prepararse... pero, ¿cómo?» Prepararse es tener pensamientos, sentimientos y una actitud que atraerá hacia una determinada familia seres excepcionales. La Ciencia iniciática enseña que no es por azar el que tal o cual niño nazca en una familia: consciente o inconsciente-mente (lo más a menudo inconscientemente), son los padres los que le han atraído. Por eso los padres deben llamar conscientemente a los genios, a las divinidades. Pueden escoger a sus hijos: esto es algo que la mayoría no sabe.
2

Así pues es necesario revisado todo desde el principio, y el principio es la concepción de los hijos. Los padres no piensan que deben prepararse durante meses y años como para un acto sagrado. Frecuentemente, es en una noche de desenfreno, después de haber comido y bebido abundantemente, cuando conciben un hijo. Ese es el momento que escogen, si se puede decir que lo «escogen». Podrían esperar a tener un momento de paz, de lucidez, un momento que reinara en ellos una gran armonía. Pero no; esperan a estar excitados por el alcohol, sin saber ni dónde están; ¡y en ese estado magnífico conciben un hijo! Pero, ¿qué elementos creéis que introducen en él? Un hijo que viene al mundo cargado de semejantes elementos no puede ser otra cosa que la primera víctima de sus propios padres. Entonces, ¿a quién hay que educar? Yo os digo que no es
a los hijos, sino a los padres.
En casa, los padres no dejan de dar a sus hijos el triste espectáculo de sus disputas, de sus mentiras, de su falta de honestidad. ¿Cómo se imaginan que van a educarles? Se ha comprobado que un bebé puede caer enfermo y manifestar perturbaciones nerviosas a consecuencia de las disputas entre sus padres: aunque no esté presente, estas disputas crean a su alrededor una atmósfera de desarmonía que el niño siente, porque está todavía muy unido a sus padres. El bebé no es consciente, pero a pesar de ello es muy receptivo, y su cuerpo etérico es el que recibe los choques.
Los padres deben tomar conciencia de sus responsabilidades. No tienen derecho a invitar espíritus a encarnarse si son incapaces de mostrarse a la altura de su cometido. Veo que algunos se conducen de una manera tan inverosímil que no puedo evitar el preguntarles : «Pero veamos : ¿amáis verdaderamente a vuestros hijos?» Se indignan: «¿Cómo? ¿Si amamos a nuestros hijos? ¡Naturalmente que amamos a nuestros hijos! Pues bien, no lo creo, porque si les amarais, cambiaríais de actitud comenzando por corregir en vosotros ciertas debilidades que se reflejan de forma muy negativa en ellos. No hacéis ningún esfuerzo. ¿Es ese vuestro amor?»
Aunque sé que el porvenir de la Fraternidad está en los niños, es de los padres de quienes me ocupo; quiero hacerles comprender que no deben traer niños al mundo sólo por satisfacer ese instinto atávico de procrear. Ese instinto existe naturalmente, pero debe ser comprendido de manera más espiritual, es necesario que el pensamiento, el alma, el espíritu participen en ese acto para que el niño esté unido a un mundo superior. En la mayoría de los casos, los humanos se comportan como animales: comen, beben y procrean. A semejanza de éstos, no hay nada espiritual en sus actos. El amor no tiene ninguna importancia, es el placer lo que cuenta, y este placer momentáneo lo pagarán durante toda una vida, y se lo harán pagar también a sus hijos.
¿Queréis que me ocupe de los niños? ¡Ah, no! Es mejor que me ocupe de vosotros, y ocu-pándome de vosotros, indirectamente me ocupo de los hijos que ya tenéis y de los que tendréis más tarde.
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II
UNA EDUCACIÓN QUE COMIENZA ANTES DEL NACIMIENTO
Cuando quieren un hijo, la mayoría de los hombres se imaginan que sus poderes se limitan a realizar fisicamente lo que hace falta para ello, y que todo el resto: la constitución del niño, su carácter, sus facultades, sus cualidades y sus defectos, dependen del azar o de la voluntad de Dios, de quien no tienen una idea muy precisa. Como han oído hablar de las leyes hereditarias, suponen que ese hijo se parecerá fisica y moralmente a sus padres, a sus abuelos, a un tío o a una tía. Pero no piensan que está en sus manos el favorecer o impedir ese parecido, y de una manera general, el escoger lo que será ese niño. Pues bien, es ahí donde se equivocan: los padres pueden influir sobre el hijo que viene a encarnarse en su familia.
Pero antes de la concepción, los padres deben prepararse para poder atraer un espíritu sublime, porque una entidad superior sólo puede aceptar encarnarse en seres que han llegado ya a un cierto grado de pureza y de autocontrol. Para estas entidades no es importante entrar en una familia rica o gloriosa, sino que normalmente prefieren familias modestas donde no puedan ser tentadas por la vida fácil. Lo que necesitan recibir de esos padres en los cuales van a encarnarse, es una herencia que no obstaculice el trabajo espiritual por el que han decidido venir a la tierra. Muy pocos hombres y mujeres presentan las cualidades necesarias para que encarnen grandes espíritus, y por esta causa la tierra está poblada por tanta gente vulgar, por enfermos y por criminales, en lugar de estar poblada por divinidades.
La Enseñanza de la Fraternidad Blanca Universal muestra al hombre y a la mujer cómo pre-pararse para alcanzar el grado de pureza y el estado de espíritu óptimo para concebir un hijo, escogiendo - según las mejores influencias planetarias - incluso el momento de la concepción. ¿Cómo han podido descender tan bajo los hombres, dejando al azar un acontecimiento tan importante como la concepción de un hijo? Es ahí donde es necesario pedir la ayuda del Cielo, la presencia de los ángeles, para poder atraer un espíritu poderoso, luminoso, que sea un bienhechor de la humanidad. En lugar de hacerlo así, piden ayuda al alcohol o a lo que sea, y a menudo en ese momento el hombre se comporta como un animal: violenta a su mujer, la cual comienza a alimentar hacia él sentimientos de desprecio, repugnancia y venganza... ¿Cómo extrañarse si después aparece un monstruo?
Pero veamos con más detalle esta cuestión de la concepción. Para que un niño venga al mundo, es necesario que el padre dé el germen a la madre, y que la madre lo madure. Podemos decir, por tanto, que el padre es creador y la madre formadora. Este germen que da el padre es un resumen, una condensación de su propia quintaesencia. Todo lo que ha vivido, todo lo que vive se expresa ahí, en este germen. Por lo tanto, según su manera de vivir, el padre da un germen de mejor o peor calidad.
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A menudo os he explicado que toda nuestra manera de vivir se inscribe y se registra en nos-otros, en los cromosomas de nuestras células. Cada célula posee una memoria. No sirve de nada hacer la comedia delante de los demás mostrándose amable, honesto y caritativo: es lo que pensamos, lo que sentimos en nuestro fuero interno lo que se registra y se transmite en herencia de generación en generación. Y si son enfermedades o vicios lo que se ha registrado, una vez transmitidos, id a buscar profesores, escuelas y médicos para curar al niño: no hay nada que hacer, es demasiado tarde. Todo se transmite, y si no se manifiesta en el primer hijo, se manifestará en el segundo o en el tercero. Hay que comprender que la naturaleza es fiel y verí-
dica.
Así pues, es un error creer que lo que el hombre da a la mujer en el momento de la con-cepción es siempre de la misma naturaleza. Si un hombre no ha trabajado nunca sobre sí mismo para ennoblecerse y purificarse, dará a la madre el germen de un ser completamente vulgar o incluso de un criminal.
Tomemos un ejemplo; posiblemente no lo encontraréis muy poético, pero al menos resulta claro: la función de un grifo es dar agua y esta agua puede salir turbia o cristalina. Aquel que conserva continuamente dentro de sí malos pensamientos, malos sentimientos, no puede dar nada más que agua sucia; sin embargo, aquel que no cesa de trabajar por el bien y por la luz, distribuye agua cristalina, vivificante. Sí, no os sorprendáis: el germen que el hombre da a la mujer en el momento de la concepción es diferente según s:u grado de evolución.
Así como la semilla plantada en tierra contiene el proyecto de lo que será el árbol o la flor, el germen que el padre da a la madre también lleva en sí el proyecto de lo que será el hijo, sus facultades, sus dones, o al contrario, sus lagunas, sus taras. En cuanto a la madre, durante los nue-ve meses de gestación aporta los materiales que servirán a la realización de este proyecto, y res-pecto a esto también puedo revelaros cosas extremadamente interesantes e importantes.
Durante los nueve meses de gestación, la madre no solamente trabaja en la formación del cuerpo fisico del niño; sin saberlo trabaja sobre el germen que el hombre le ha dado, creando las condiciones favorables o desfavorables para el desarrollo de las diferentes características conte-nidas en este germen. ¿Y cómo trabaja ella? Vigilando sus pensamientos, sus sentimientos, la vida que lleva. Es lo que llamamos la galvanoplastia espiritual.
Comenzaré por describiros el proceso químico de la galvanoplastia, el cual, en sus aplicacio-nes espirituales, puede acarrear consecuencias de la mayor importancia para toda la humanidad.
Se sumergen dos electrodos en una cubeta llena de una solución de una sal metálica, que puede ser de oro, de plata, de cobre... El ánodo, el polo positivo, es una placa del mismo metal que el de las sales disueltas en la cubeta. El cátodo, el polo negativo, es un molde de gutapercha recubierto de plombagina, en el que hay una figura, una pieza de moneda, una medalla... Con la ayuda de un hilo metálico se unen los dos electrodos a los polos de una pila y se hace pasar la corriente: el metal contenido en el baño se deposita entonces sobre el cátodo, mientras que el ánodo, al descomponerse, regenera el líquido de la solución. Poco a poco el molde se recubre del metal de la solución y obtenemos una imagen recubierta de oro, de plata o de cobre.
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Si observáis la naturaleza comprobaréis que este fenómeno de la galvanoplastia existe en
todos los ámbitos. Por ejemplo, en el espacio, nuestro planeta, la tierra, que recibe numerosas influencias de los otros cuerpos celestes, representa el polo negativo, el cátodo, el principio femenino; y el cielo, es decir, el sol y los astros, representan el polo positivo, el ánodo, el princi-pio masculino. Entre la tierra y el sol (u otro astro), se producen intercambios, porque existe entre ellos una incesante circulación. Estos dos polos están sumergidos en una solución cósmica: el éter, fluido universal que baña y envuelve todos los cuerpos celestes. La pila, gracias a la cual todo funciona, es Dios, al cual están unidos los dos polos.
Entonces, supongamos que al cátodo, a la tierra, le ponemos un molde, por ejemplo, un grano; este grano se encuentra sumergido en la solución cósmica, y cuando pasa la corriente que viene de Dios, provoca el fenómeno de la galvanoplastia: las materias contenidas en la solución comienzan a depositarse sobre el cátodo, sobre el grano, y el ánodo (el sol u otro astro), regenera la solución con arreglo al crecimiento del grano. Cada grano plantado en la tierra atrae del éter en el cual se baña todos los elementos que corresponden a su naturaleza. Estos elementos se depositan sobre el grano, y así se desarrolla según sean los elementos que atrae.
Este fenómeno de la galvanoplastia lo volvemos a encontrar en la mujer encinta, porque ésta también lleva en sí el grano, los electrodos y la solución. El grano es el germen vivo que el padre ha depositado en su seno, el cátodo; este germen es una imagen: algunas veces la de un borracho, de un criminal o de un ser completamente vulgar, otras veces la de un genio, o de un santo. Cuando una mujer queda encinta, circula una corriente entre su cerebro (el ánodo) y el germen. El cerebro está, en efecto, unido a la pila, a la Fuente de energía cósmica, a Dios, de quien recibe la corriente; y esta corriente circula después del cerebro al embrión. Finalmente, la solución es la sangre de la madre en la cual están sumergidos el ánodo (el cerebro) y el cátodo (el útero), porque la sangre baña por igual a todos los órganos y a todas las células; en ella están disueltas todas las materias: oro, plata, cobre, etc...
El ánodo, la cabeza, abastece al metal (los pensamientos), que regenera la sangre. El germen puede ser magnífico, pero si la madre pone en su cabeza pensamientos de plomo (simbólicamente hablando), que no se extrañe si más tarde su hijo nace envuelto en plomo, es decir, si es de naturaleza viciosa, pesimista o enfermiza. Es necesario comprender que el germen no es más que el molde y admitiendo incluso que ese molde represente un rostro magnífico, si después se reproduce en un metal vil, la medalla pierde su valor.
Supongamos que una madre, conociendo las leyes de la galvanoplastia, decide utilizarlas para traer su hijo al mundo. Desde el momento que recibe el germen en su seno (el cátodo), pone en su cabeza (el ánodo) una placa de oro, es decir los pensamientos y los sentimientos más elevados. Se establece la circulación y la sangre que recorre el cuerpo lleva al germen ese metal superior. El niño crece envuelto en esos vestidos de oro y cuando nace es robusto, hermoso y noble, capaz de vencer las dificultades, las enfermedades y todas las malas influencias.
La mayoría de las madres desconocen la influencia de sus estados internos sobre el hijo que llevan; piensan que cuando nazca empezarán a ocuparse de él, le proporcionarán educadores, profesores, etc... pero cuando el niño nace, es demasiado tarde: ya está determinado. Ningún pedagogo, ningún profesor puede transformar un niño cuando los elementos que ha recibido en el seno de su madre son de una calidad inferior.
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Un instructor, un profesor puede hacer mucho, pero solamente para la instrucción del niño, porque no puede cambiar su naturaleza profunda. Si la naturaleza profunda del niño es defectuosa, aunque le pongan los mejores educadores, no cambiará. Independientemente del tratamiento a que sometáis el plomo, su estructura no cambiará. Siempre será plomo, no servirá de nada pulido, limado o cortado para hacerlo brillar; pocos minutos después se oscurece de nuevo, porque es plomo. Es necesario construir un hijo que sea de oro y no de plomo. Porque
aunque deba vivir en las peores condiciones, un niño será incorruptible si su esencia es pura.
Ahora comprenderéis lo importante que es para la mujer tener pensamientos luminosos. Gracias a estos pensamientos, el germen que crece en ella absorberá cada día esas materias puras y preciosas, y es así como dará vida a un artista notable, a un sabio ilustre, a un santo, a un mensajero de Dios. La madre puede realizar grandes milagros porque posee la llave de las fuerzas de la vida.
Mi madre me contó que al concebirme, y más tarde a1llevarme en su seno, lo hizo con el pensamiento de consagrarme al servicio de Dios. y parece ser que el pope que me bautizó estaba tan sumamente feliz ese día, que se embriagó por primera vez en su vida... ya que no tenía la costumbre de beber. Después dijo que se había embriagado porque estaba seguro de que yo era un niño diferente a los demás, e hizo una profecía... Pero no estoy obligado a decírosla.
Después, al crecer, me volví un pícaro: ya os he contado cómo robaba las manzanas del veci-no y prendía fuego en las granjas. Pero eso no duró mucho tiempo. Porque son los gérmenes depositados profundamente los que subsisten; los otros corresponden a maneras de ser superfi-ciales que no perduran.
No quiero decir que sea un ser extraordinario porque mi madre me haya consagrado a Dios. Se pueden consagrar hijos al servicio de Dios, pero no se sabe en qué grado se situarán dentro de la jerarquía de servidores. Las madres, ciertamente no lo saben, y no creo que mi madre lo supiera tampoco. Por lo tanto, el hecho de que ella me consagrara al cielo no tiene nada que ver con mi elevación personal. Muchos cristianos han sido consagrados por sus madres, pero se quedan en sus iglesias sin avanzar demasiado. Lo que sí es cierto es que sus padres han pedido que el cielo alumbrara en ellos una pequeña chispa. Si soplamos en esta chispa, puede convertirse en una hoguera, pero una chispa no es nada si no la alimentáis. Para que crezca, no hay que dejar de echar leña y de soplar, simbólicamente, claro.
Es un hecho muy conocido que durante el embarazo muchas mujeres son víctimas de caprichos extraños, impulsos incontrables que no habían sentido nunca hasta ese momento, pero no se conoce la razón de estos fenómenos; yo os la diré. La mujer embarazada es visitada corrientemente por entidades malignas que desean intervenir más tarde en la vida del niño; entonces incitan a la madre a conducirse de tal modo que la galvanoplastia se haga en ella de .
forma desordenada, lo que permitirá más tarde a esas entidades entrar en ese niño, introducirse en su alma y alimentarse a través de él. Es posible darse cuenta de eso enseguida.
En general, todos los niños se acercan a mí y me quieren mucho, pero tres o cuatro veces ha ocurrido que algunos me rehuían, y nadie comprendía la razón. Pero yo sí la sabía, porque todos estos fenómenos de la vida están muy claros para mí. Los padres se sentían afligidos, des-dichados, y me vi forzado a explicarle a la madre: «Durante la gestación seguramente te permitiste ciertas libertades y así has atraído entidades que desean quedarse en el niño para aprovecharse de él. Estas entidades están ahí, esperando el momento favorable para manifestarse. Pero sienten en mí a un enemigo porque saben que si ese niño entra bajo mi influencia, les echaré: mi actitud, mi voluntad, mis emanaciones y todo lo que doy al niño, les obligará a alejarse. (Por lo demás no hago más que eso: reemplazo ciertas entidades por otras; es una satisfacción que me doy... Como veis, también yo tengo mis caprichos.) Entonces, esas entidades tratan de alejar a vuestro hijo de mi presencia.» Pero yo no me doy por vencido, y como quiero mucho a los padres, me decido a ayudarles: hago mi trabajo y, poco tiempo después, el mismo niño que me rehuía se precipita hacia mí para abrazarme. Algunas veces esto ha pasado delante de vosotros. ¿No es verdad?
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Durante toda la gestación, la madre debe preservar a su hijo. Conscientemente, con el
pensamiento, debe crear alrededor de él una atmósfera de pureza y de luz para .ponerle a cubierto de los ataques de entidades malignas, pero también para poder trabajar en colaboración con el alma que va a encarnarse.
Porque contrariamente a lo que piensan algunos, durante la gestación el alma no entra en el cuerpo del niño. Es verdad que en el seno de la madre el niño vive, su corazón late y se alimenta, pero su alma no ha penetrado todavía en su cuerpo; no entra en él hasta el momento de su nacimiento, con su primera respiración. Hasta ese momento, el alma se queda junto a la madre y colabora con ella en la construcción de sus diferentes cuerpos (fisico, astral, mental.) En general, la madre no se da cuenta de este trabajo porque no es lo bastante sensible ni instruida. Pero aunque no puede ver el alma, al menos puede hablarle, dirigirle oraciones diciéndole: «Te daré los mejores materiales, te ayudaré, pero trata tú también de traer tal o cual cualidad para que el niño sea un artista, un filósofo, un sabio o un santo.»
En el momento que la madre pronuncia con todo su amor estas palabras que son poderosas, que son mágicas, de ella emanan ya ciertas partículas, y el espíritu del niño que debe encarnarse las toma como materiales para construir sus diferentes cuerpos. El niño no posee nada, recibe todos los materiales de su madre. Por eso, al dárselos, tiene que ser muy consciente, y a través de sus pensamientos y sus sentimientos no darle nada más que las partículas más luminosas y más puras.
Todos estos fenómenos del mundo invisible son desconocidos para la mayoría de la gente. Pero precisamente el papel de la Enseñanza consiste en volveros sensibles a todo este mundo sutil, intangible, pero real, más real que la realidad misma. Gracias a la Enseñanza os volvéis más conscientes, más atentos a todas las corrientes que os influyen, a todas las presencias que os rodean. Y es esa consciencia la que os hace capaces de trabajar para el bien.
Los hombres y las mujeres no deben olvidar nunca que los hijos que tendrán un día reflejarán I de una manera o de otra su propia manera de pensar y de vivir. Porque todo lo que pasa por la cabeza o por el corazón del hombre, se realiza tarde o temprano; cada uno de sus pensamientos, cada uno de sus deseos, en el momento que aparecen en él están vivos, y el niño que viene existía ya en la cabeza o en el corazón del padre o de la madre. Así pues, si al crecer vuestro hijo se convierte en un ángel que os ayuda, se debe a una idea magnífica que habíais conservado en vosotros durante años, una idea que se ha encarnado ahora en vuestro hijo, y que a través de él continúa ayudándoos. Pero si ese hijo no os causa más que disgustos, sabed que es la encarnación de una idea criminal que habíais alimentado.
Un niño no nace de la nada. Y si me preguntáis por qué razón vuestro hijo ha nacido, os res-ponderé: «Para que sepáis lo que hay en vuestra mente.» Así es como los hombres y las mujeres aprenden a conocerse: a través de sus hijos.
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                  III   UN PLAN PARA EL FUTURO DE LA HUMANIDAD
Para remediar la situación nacional o internacional se presentan proyectos de todas clases: políticos, financieros, económicos y militares; proyectos de una concepción y de una inteligencia inauditas ante los que nos maravillamos. Sin embargo esos planes nunca han servido para gran cosa, porque sólo actúan sobre la esfera material: perfeccionamiento de técnicas, mejora de la producción, construcción de laboratorios, universidades, aumento o disminución del armamento, etc. Pero la humanidad sigue inmersa en los mismos desórdenes, en las mismas desgracias. Entonces, viendo todo esto, yo también he decidido presentar un plan, un proyecto. Vosotros diréis: «Pero, ¡qué vanidad, qué presunción!» Posiblemente, pero si son útiles, si son eficaces, todo el mundo tiene derecho a hacer planes. Vosotros también... Pero veréis, el mío es muy simple.
En lugar de dejar que el Estado continúe gastando millones y millones en hospitales, prisio-nes, tribunales y escuelas, le aconsejaría que se ocupase solamente de la mujer encinta: los gastos no serían tan grandes y los resultados serían infinitamente mejores. Así pues, le pediría al Estado que acondicionase terrenos en regiones hermosas y bien situadas, que construyesen habitaciones cuyo estilo y cuyos colores yo indicaría... Habría también parques con toda clase de árboles y flores, estanques y surtidores... Y es . ahí donde las mujeres gestantes irían a vivir durante todo el período de su embarazo, alimentadas y alojadas a cargo del Estado.
Pasarían así todo ese tiempo, rodeadas de belleza, de poesía, leyendo, paseando... y escu-chando música. Asistirían también a conferencias donde se les enseñaría cómo vivir durante la gestación: lo que deben comer, pero sobre todo, cómo trabajar con sus pensamientos y sus sentimientos sobre el hijo que va a nacer. Los maridos podrían, naturalmente, visitar a sus esposas, y se les instruiría sobre la manera más adecuada de comportarse con ellas, ayudándolas en su trabajo. Veríais entonces como en esas condiciones de paz, de calma y de belleza, traerían al mundo hijos a través de los cuales se manifestaría el Cielo entero.
Actualmente, sólo algunos de los espíritus que encarnan vienen del Cielo, pero, ¿de dónde vienen los demás?.. Las puertas están cerradas para los espíritus del Cielo, no pueden entrar en cuerpos formados en la impureza, la maldad y el desorden. He ahí por qué la humanidad no mejora. Naturalmente terminará por mejorar, pero dentro de milenios, después de catástrofes y grandes sufrimientos. Mientras, yo os explico de qué manera la raza humana puede mejorar rápi-damente sin pasar por todos estos sufrimientos. Todos los cambios que se han probado hasta el momento bajo el punto de vista técnico, económico, médico, etc., no han mejorado a la raza humana, que sigue viviendo con las mismas pasiones, las mismas maldades que antes... ¡E incluso posiblemente superándolas! Sin embargo la humanidad puede mejorar, pero a condición de comenzar por el principio: la madre en el período de gestación.
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Si supierais en qué condiciones viven a veces las mujeres embarazadas. Viven en chozas, sin luz ni espacio, y son ellas quienes deben hacerlo y soportarlo todo. Y por añadidura, el marido, borracho o furioso porque no ha encontrado trabajo o porque le han insultado sus compañeros, se desahoga en su mujer, e incluso la pega. En tales condiciones, ¿con qué espíritu llevará a su hijo?.. En lugar de construir hospitales para esas madres, seria mejor darles la posibilidad de esperar a su hijo en condiciones ideales. Y después, que vuelvan a sus chozas, no importa: sus hijos les construirán palacios. Gracias a sus talentos y a sus capacidades, sacarán un día a sus
padres de la miseria.
Nadie se preocupa de las condiciones en las que las mujeres traen sus hijos al mundo, y después, cuando nos encontramos ante una multitud de perturbados, enfermos y criminales, construimos casas especiales, hospitales, prisiones y aumentamos el número de educadores, de médicos y de policías. Pero eso no sirve de nada. Y aunque sigamos gastando millones para mejorar! a través de la psicología y la pedagogía, no llegaremos nunca a cambiar esa quintaesencia que la madre ha dado al principio. Sólo el método que yo propongo es eficaz.
Ningún educador, ningún médico puede cambiar la naturaleza de un niño. Pueden darle una capa de barniz, pero nada más. Todas las mejoras que se intenten aportar a su carácter, no servirán para nada. Lo mismo ocurre con los salvajes: se consigue educarles un poco, se les enseña a comer, a vestirse, pero eso no ahonda en ellos, y cuando regresan a su tribu, vuelven a obrar exactamente como antes. Si un hombre es un criminal o si es un santo, nadie le cambiará; tal vez superficialmente y por muy poco tiempo se llegará a influir en él, pero profundamente será siempre el mismo.
Muchos dirán que el plan que yo propongo no es científico... Pero nadie tiene derecho a cri-ticar mi plan sin haberlo ensayado. Naturalmente, no todo se arreglaría de golpe, para ello se precisarían varias generaciones. Aunque los padres hagan un gran trabajo de purificación, no llegarán nunca a desembarazarse de la herencia, de las debilidades y vicios que han recibido de sus propios padres. Pero si están atentos, en la primera generación, a pesar de los elementos defectuosos que conseguirán todavía infiltrarse en sus hijos, prevalecerá el lado positivo. La segunda generación será mucho mejor, la tercera mejor todavía y poco a poco todos esos elemen-tos defectuosos que quedaban del pasado desaparecerán. Es necesario que la gente inteligente y responsable comprenda la importancia del trabajo que se hace en la madre durante la gestación y el hecho de que una mujer instruida en las leyes de la galvanoplastia, rodeada de cuidados y afecto, sostenida por condiciones materiales apropiadas, tiene la posibilidad de formar no solamente el cuerpo fisico del niño, sino también sus cuerpos astral y mental (es decir, el cuerpo de los sentimientos y el de los pensamientos), con la ayuda de los mejores materiales.
Desgraciadamente, sé de antemano que rechazarán mi plan, que no profundizarán, porque la generación actual está tan modelada y deformada por otras filosofías, que en su cabeza no hay lugar para estas ideas. Evidentemente no soy tan ingenuo como para no darme cuenta de los inconvenientes que la ausencia de una madre durante algunos meses pueden acarrear en una casa. Pero un poco más de amor, de inteligencia y de buena voluntad permitirían resolver fácilmente estos problemas.
Lo esencial, por el momento, es que la ciencia oficial se decida a aceptar estas ideas, pero estamos lejos de ello. ¡Demasiado lejos! La prueba: una hermana de nuestra Fraternidad recientemente fue a dar a luz en una clínica; un día, en el curso de una conversación con el médico, le dijo que pertenecía a una Enseñanza espiritual en la que revelaban que la madre podía hacer un gran trabajo con el pensamiento sobre el hijo que iba a nacer. Y, ¿sabéis cómo reaccionó el médico? Se echó a reir, diciendo: «Todo eso son imbecilidades, ¿cómo quiere usted que el pensamiento de la madre influya sobre el hijo?» ¿Estáis viendo a qué nivel se encuentran los médicos? Y pensar que esperamos la luz de toda esa gente...
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Es verdad que algunos biólogos han experimentado con ratas, y que han descubierto que los estados de miedo y agonía vividos por la hembra durante la gestación se reflejan después sobre su progenie. ¡Pero se trata de ratas! Estudian a las ratas en lugar de estudiar a las mujeres que traen hijos al mundo desde hace millones de años. Son las ratas las que enseñarán a los hombres lo que es cierto y lo que es falso. Se han construido laboratorios para estudiar a las ratas y se le da una importancia fantástica a estos laboratorios, mientras que los laboratorios de la naturaleza que
fueron creados desde el comienzo, y que están mucho mejor equipados que los laboratorios de los hombres, ¡no cuentan para nada! ¡Se necesita el testimonio de las ratas!
Son las ratas las que van a instruir ahora a la humanidad. ¿Y las mujeres? ¡Es muy humillante para ellas! ¿Por qué no se indignan?
Yo dejo a las ratas tranquilas. He observado algunas mujeres encintas y algunos años después he observado a sus hijos: he visto que las molestias, agitaciones o problemas de la madre en tal o cual mes del embarazo, se reflejaban en tal o cual época del hijo. Pero esperaban la respuesta de las ratas, y así han poblado la tierra de monstruos. Los biólogos están muy atrasados; aún admitiendo que hayan comprendido ahora (lo cual no es seguro), que lo que es verdad para las ratas es aún más cierto para las mujeres, si a ellos incumbe la reeducación de la humanidad, pasarán siglos antes de que se produzca. Por otra parte, ¿creéis que harán algo para que las muje-res se beneficien de sus descubrimientos? Continuarán ocupándose de las ratas y no instruirán a las mujeres sobre lo que deben hacer durante el período de gestación.
Por eso lanzo una llamada a las mujeres del mundo entero: «Despertaos, queridas hermanas, a la conciencia de esta obra grandiosa que Dios os ha confiado. Sois depositarias de extraordinarios secretos, gracias a los cuales podéis regenerar a la humanidad. Pero no lo sabéis y jugáis con esos secretos... Tomad ahora conciencia de vuestra misión, y entonces los hombres, por su parte, tratarán de prepararos las mejores condiciones posibles para que podáis cumplir este trabajo grandioso y mágico». Naturalmente, al escucharme, muchas mujeres dirán: «Durante siglos hemos manifestado el amor y la bondad, pero los hombres no nos han comprendido, nos han ultrajado». Sí, lo sé, la mayoría de los hombres se comportan como niños egoístas. Pero si son así es porque las mujeres no han sabido desempeñar su papel de madres, no han aplicado las leyes de la galvanoplastia espiritual cuando les llevaban en su seno, y ahora sufren las consecuencias de su falta.
La naturaleza ha dado a las mujeres poderes que no utilizan o que utilizan mal. Es necesario -que tomen conciencia de esos poderes, que sepan que de ellas depende el porvenir del género humano. Si las mujeres quieren comprenderme, serán una potencia inaudita en el mundo, nada podrá resistírseles. Pero deben unirse para un ideal formidable. Por el momento están desunidas, excepto cuando tratan de seducir a los hombres para atraerles con sus trampas; por eso aún no son verdaderamente poderosas. En lo sucesivo es necesario que todas las mujeres de la tierra se unan con el propósito de regenerar a la humanid.ad. A pesar de su inteligencia, a pesar de sus capacidades, los hombres no pueden hacer mucho en este terreno. Es la mujer, es la madre quien ha recibido esta misión, porque la naturaleza le ha dado el poder de influir en el hijo que va a nacer.
Por ello os pido a vosotras, hermanas de la Fraternidad, que seáis conscientes de esta misión grandiosa y también que instruyáis por todo el mundo a vuestras hermanas que todavía desco-nocen estas verdades. Este ideal, este deseo de ser útiles os llenará el corazon, el alma y el espí-ritu. Os sentiréis siempre inspiradas, henchidas y enriquecidas, porque este ideal de contribuir a la felicidad de la humanidad os sostendrá y os alimentará. Mientras no tengáis este ideal en vuestra alma, nada podrá contentaros; a pesar de que poseáis muchas cosas, siempre os encontraréis en el mismo estado de vacío y de insatisfacción. Sólo la preocupación de cumplir la misión que Dios os ha dado y de hacer lo que el Cielo espera de vosotras os volverá radiantes, luminosas y felices.
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                                  IV  ¡OCUPAOS DE VUESTROS HIJOS!
Se están produciendo en la sociedad un cierto número de cambios que no siempre son favo-rables para la educación de los niños. Por ejemplo, cada vez hay más mujeres que trabajan, que desean sentirse tan independientes como los hombres, y como el trabajo da independencia, quieren tener un oficio. Pero este oficio les obliga a descuidar a sus hijos, los cuales, a menudo, a la vuelta de la escuela no encuentran a nadie en casa: ¡su padre y su madre están trabajando! Entonces los niños se desenvuelven como pueden... Y se desenvuelven muy bien haciendo barbaridades lejos de sus padres, de los que, por otra parte, cada vez se sienten más alejados.
No digo que las madres no deban trabajar, constato solamente las consecuencias de estas nuevas costumbres en la educación de los niños. En mi condición de pedagogo debo advertir sobre estas consecuencias. No doy ningún consejo, cada cual debe resolver personalmente sus problemas, pero pienso que nada puede reemplazar la presencia de una madre en la casa, siempre que esté realmente presente y que sepa desempeñar su verdadero papel de educadora.
Diréis: «Sí, pero estos cambios de mentalidad son debidos también a la industrialización, al progreso técnico». Evidentemente, siempre culpamos a los factores externos. No era inevitable que el progreso técnico condujera al hombre a una situación catastrófica. Son los hombres quienes a causa de su ignorancia, su egoísmo y sus apetitos, se han puesto en esta situación. Acusan siempre a las circunstancias, pero, ¿quién las ha creado? No han caído del cielo. El progreso técnico era algo bueno porque podía aligerar el trabajo del hombre. ¿Por qué la humanidad permite que el progreso técnico esté absorbiendo todas sus energías y causando su ruina? Por lo demás, nada justifica que, con el pretexto de estar ocupados, los padres dejen a los hijos solos o les confíen a otros: a la asistenta, a la vecina, etc... ¿Para qué han traído a sus hijos al mundo? Si no iban a ocuparse de ellos hubieran obrado mejor dejándoles donde estaban. Esos padres recibirán duras lecciones y serán sus propios hijos quienes se las darán, quienes les harán sufrir. Desde el momento que les han llamado a la tierra, que les han dado un cuerpo, deben ocuparse de ellos y no descargar sus obligaciones sobre otras personas. Sólo Dios sabe lo que esas personas pueden inculcarles: tonterías, o incluso porquerías... No entraré en detalles.
¡Los padres son tan inconscientes! En lugar de amamantar a su bebé, la madre le confía a cualquier mujer que tenga mucha leche, sin preocuparse de las enfermedades o de los vicios que pueda comunicar al niño a través de su leche. El niño recibe a través de la leche algo del carácter de la mujer que le alimenta. Por eso es importante que sea la madre quien alimente a su hijo y que al hacerlo piense en darle mucho amor. A partir de ese momento, el hijo nunca la abandonará, nunca la hará sufrir, porque además de la leche le habrá alimentado el amor de la madre.
Fijaos en un punto muy interesante. Antes de nacer, la madre alimenta a su hijo con su sangre; después, una vez que ha nacido, le alimenta con su leche. Simbólicamente la sangre, que es roja, representa la vida, la fuerza, la actividad. Y la leche, que es blanca, representa la paz, la pureza; es un principio de armonía que viene a equilibrar las tendencias puramente biológicas representadas por la sangre. Por eso todos los. niños que no han sido alimentados con la leche de su propia madre, no podrán manifestarse idealmente más tarde. La leche de otras mujeres o la de los animales no contiene los mismos elementos para el niño que la de la madre.
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La madre que alimenta a su hijo, le da a través de la leche un amor y una ternura que le son de absoluta necesidad para su desarrollo. Por eso no debería alimentarle cuando está enfadada o mal dispuesta, porque esos estados negativos envenenan la leche, y el niño recibe entonces alimentos
que pueden hacerle daño fisica y psíquicamente. Las madres deben prepararse para amamantar a sus hijos en el mejor estado posible.
Muchas madres, por razones estéticas o frívolas, dan el biberón al niño o encargan a alguien que lo haga. Mientras, van a los bailes, a las reuniones, y encuentran mejor reservar su pecho para los hombres, para su marido o su amante, pues parece ser que al mamar el niño estropea el pecho... ¡Vemos ahora tantas desviaciones y aberraciones en ese terreno! Por eso cada vez más los hijos se convierten en unos extraños para sus padres y se alejan de ellos porque no han sido alimentados con amor, con la leche de la madre. Creedme, no invento nada, esto son hechos que han sido comprobados.
Cuando la madre alimenta a su hijo, debe hacerlo conscientemente, pensando en él, hablándole para darle una parte de su corazón, de su alma, de su quintaesencia. Un niño ali-mentado de esta manera amará a su madre eternamente; y aunque la madre sea ignorante, aunque no sea hermosa, la adorará. El niño debe ser concebido en el amor y alimentado en el amor. ¡Ah! Las madres no tienen todavía la conciencia lo bastante amplia e impersonal, no se dan cuenta de la importancia de su misión de educadoras. Nadie se ocupa de la verdadera pedagogía, por esto en el momento actual todo va a la deriva.
Mirad en qué se convierten todos esos niños que han sido abandonados y a quienes les ha fal-tado el amor de su padre y de su madre... En Estados Unidos hay muchos así, en las calles, donde esperan que un hombre les proponga acostarse con ellos por dinero. Centenares de niños de ocho, diez, doce años se prostituyen... Antes, eran sobre todo las chicas y ahora también lo hacen los chicos, y muy tempranamente. Cuando se pregunta a estos niños: «¿Por qué seguís a esos hombres?, responden: porque son amables con nosotros; no es por dinero, pero nos dan afecto, mientras que nuestros padres nos pegan, nos echan de casa, y nos abandonan.» Es cierto. Los niños necesitan amor. ¿Y si empezara a producirse lo mismo en Francia?.. Seguramente esto ocurrirá también aquí, por que todo lo que se hace en América termina por llegar a Francia tarde o temprano.
¡Ocupaos de vuestros hijos! Sé que actualmente muchos padres encuentran la educación inútil. Les han convencido de que hay que dejar al niño que se desarrolle solo, sin intervención externa, de que se puede destruir su originalidad; en la libertad sus cualidades aparecerán naturalmente. ¡Qué error! En cada niño dormita el cielo y el infierno, y el porvenir del niño depende de las tendencias que sus padres despierten y desarrollen en él. Un día yo os di este ejemplo: coged a la joven más pura, a la más inocente, a la mejor educada; aunque parezca incapaz de hacer la menor tontería, si la excitan, si la ponen en ciertas condiciones que despierten su sexualidad, os quedaríais estupefactos al ver de lo que es capaz esta criatura angelical. Cada cual es capaz de hacer el bien y el mal, todo depende de las condiciones en que se encuentre, de las tendencias que despertéis en él.
La naturaleza humana tiene dos lados, dos caras, una celeste, la otra infernal, y según los métodos pedagógicos que empleen los padres, favorecen a la una o a la otra; si no toman pre-cauciones, ¡ veréis lo que ocurre! Hay que estar muy atento, sobre todo mientras la formación del niño no se ha terminado. Mientras crece, mientras se forma, está lleno de energías que buscan un cauce, y no es el momento de confiar ciegamente y creer que hemos traído al mundo un ángel. Se volverá un ángel si estáis atentos, si sois inteligentes y sabios, pero si sois descuidados o ignorantes, ¡aparecerá un diablo!
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                       IV  UNA NUEVA COMPRENSIÓN DEL AMOR MATERNAL
I
Supongamos que una joven pone en primer lugar la vida espiritual: reza, medita y hace ejer-cicios para acercarse lo más posible al alto ideal que se ha impuesto. Pero he ahí que se casa, tie-ne un hijo... y entonces la vida conyugal, la vida familiar, la vida del hijo ocupa el primer lugar, y abandona todo lo demás. Analicemos esta actitud.
Todo el mundo, naturalmente, aprobará a esta joven, encontrará normal que por su hijo sacrifique la vida espiritual; ella es la madre y él su hijo... Todas las madres y todos los padres le darán la razón: a los ojos de una madre nada debe ser más importante que su hijo, por él debe transgredir todas las leyes divinas y si ese hijo cae enfermo o se muere, irá a pelearse con el Señor, Le acusará de injusticia y de crueldad. Es así como se comprende el amor, y todo el mun-do se maravilla de este amor. Pero yo no, porque cuando una mujer está vinculada a su hijo hasta el punto de olvidar al Señor, es porque en realidad se ama a sí misma, piensa sólo en ella y no en su hijo.
Entonces, está claro: alejándose del Cielo para consagrarse a su hijo, le arrebata la vida divina que es la verdadera vida, le arrebata esta inmensidad de luz y de paz de las que el hijo no se beneficiará. En su estúpido amor, le impide el acceso al único lugar donde sería feliz e inmortal creyendo salvarle, le lleva hacia el infierno, manteniéndole alejado de la belleza y de la armonía. Así pues, como veis, hay un error milenario que arrastra la sociedad. La madre que ama a su hijo no debe apartarle del Cielo en el que todas las criaturas deben desarrollarse. Si olvida a Dios para no pensar más que en su hijo, su pensamiento no contiene esos elementos imponderables que llegan de las regiones luminosas, de la divinidad misma, y le da de comer un alimento muerto.
Una madre que no tiene por costumbre ir hacia Dios, no puede irradiar hacia su hijo las partículas vivas y luminosas que harán de él un ser excepcional. La madre será pobre, no podrá darle nada. Su amor mediocre creará un hijo vulgar. Posiblemente gozará de buena salud, vestirá bien, pero será mediocre, porque habrá sido educado lejos de la presencia de Dios. Mientras que la madre instruida en la Ciencia iniciática irá hacia Dios y Le dirá: «Señor, me dirijo a Ti para que des a mi hijo la luz, el amor, la salud, la belleza del Cielo...» y así le impregnará con los elementos que las madres normales no han conocido ni sentido nunca. Dicen que no tienen tiempo... En realidad, su amor egoísta no les permite tener semejante filosofia; por eso el mundo sigue poblado de seres mediocres.
La madre no debe nunca ocuparse de su hijo antes de acercarse a Dios para ofrecerle su vida, para dársela. ¿Por qué se imagina que si le deja unos minutos, su hijo va a morir? Aunque el hijo esté en peligro de muerte, si su madre está junto a Dios, cuando vuelva, le salvará. Pero si ella no va hacia Dios para quedarse con el niño, el día que le suceda algo a éste, no podrá hacer nada por él.
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Mientras los padres estén vinculados a sus familias hasta el puntó de no atreverse a dejarla de vez en cuando para instruirse, no podrán transformarla ni hacerla verdaderamente feliz. Los miembros de la familia nQ pueden transformarse mientras estén demasiado cerca. No se trata de dejarles fisicamente, sino de dejarles en su mente, es decir de abandonar una manera errónea de amarles y comprenderles. Vosotros diréis: «¡Es una cruzada contra nuestros hijos!» No lo creáis,
quizás yo ame más a vuestros hijos de lo que les amáis vosotros mismos; Debéis analizar esta cuestión. Si hay alguien que ame a vuestros hijos, ese soy yo; vosotros no les amáis.
Había una vez un niño que le pedía dinero a su madre para hacer locuras y la amenazaba con matarse si no se lo daba. Entonces la madre le dijo: «Anda, hijo mío, ve y mátate, no necesitamos en la tierra gente como tú. Yo quería que fueras un ser noble, grande, y tú te conduces como un criminal; ¡Ve y suicídate! Es mejor... Le daré gracias al Cielo cuando desaparezcas.» Pues bien, ante tanta audacia, el hijo se enmendó y se transformó en un ser maravilloso. Años más tarde, decía: «¡Es mi madre quien me ha salvado!» Si la madre se hubiera tirado de los pelos, diciendo: «Pobre hijo mío, no hagas eso, ahí tienes tu dinero», habría hecho de él un hombre cruel.
Eso es lo que hacen la mayoría de los padres: debido a su ciega bondad, a su debilidad, a su excesiva indulgencia, convierten a sus hijos en seres inhumanos. Y después dicen: «Sí, pero les amamos...» Se justifican de su falta de pedagogía y de psicología con esta frase: «Les amamos». Así es como comprenden el amor. En lugar de decir: «¡Qué débiles y estúpidos somos!» dicen: «Les amamos.» Soy el único que no se lo cree. Cuando dicen: «Les amamos», yo entiendo: «¡Qué idiotas somos!» Sí, eso es lo que entiendo.
Abraham amaba a Isaac, pero aceptó sacrificarie para demostrar a Dios que Le amaba más que a su hijo. En realidad, siempre se ha presentado la cuestión de si amamos a Dios más que a nuestro hijo, pero los padres y las madres no sospechan que tal vez esa pregunta revista una gran importancia. Así pues, Dios quiso probar a Abraham y le pidió que sacrificara a su hijo. Vosotros diréis: «¿Cómo? ¿El Señor no era lo bastante clarividente para conocer el amor de Abraham? ¿ Necesitaba verificarIo?» No, el Señor sabía de antemano lo que haría Abraham_ veía su corazón, sus pensamientos, pero Abraham no sabía lo que era más fuerte en él, y era necesario que lo supiera. Por eso,Dios le sometió a esa prueba. Esa prueba no estaba destinada a informar al Señor, sino al propio Abraham!.
Por otra parte todas las pruebas que Dios nos envía nos sirven para conocernos. Porque somos nosotros los que no sabemos hasta qué punto somos resistentes, inteligentes, fuertes, buenos, generosos o débiles, estúpidos... Nos ilusionamos, diciendo: «He vencido esto, he venci-do aquello... no amo más que al Señor.» Pero ante la más pequeña prueba capitulamos. No aceptamos que Abraham amase al Señor por encima de todo, y que admitiese que el Señor podía quitarle a su hijo, puesto que se lo había dado.
Entonces, ¿por qué las madres no razonan así? Quieren salvar a sus hijos abandonando al Señor; piensan que es suficiente su protección para que estén protegidos. Pero, ¿que protección pueden dar cuando ellas mismas, dando la espalda al gran Protector, no están protegidas? ¡Que orgullo, qué vanidad!
Abraham era un Iniciado. No se rebeló contra la orden del Señor y se preparó para sacrificar a su hijo. Y como Dios no es un monstruo sanguinario, en el último momento hizo sustituir a Isaac por un carnero. De esta manera Abraham supo hasta dónde llegaba su amor por el Señor, de qué sacrificio era capaz. Una madre que no está dispuesta a aceptar el mismo sacrificio que Abraham, primeramente no es una madre inteligente y en segundo lugar es demasiado orgullosa. ¿Cómo se atreve a imaginar que sabe mejor que el Señor si es necesario que su hijo viva o muera? Con una concepción tan vulgar del amor no puede verdaderamente ayudar a su hijo, porque en lugar de llevar al niño hacia la hn., le aparta de ella. En su pensamiento, es su amor lo que está en primer lugar, su amor lo es todo. Un día pagará este error de una manera o de otra, porque no ha cumplido con su deber. Su deber era estar en el Cielo y llevar a su hijo con ella.
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No se debe jamás abandonar el Cielo por nadie: ni por un hijo, ni por una mujer, ni por un marido, porque solamente estando en el Cielo, simbólicamente hablando, podemos hacerles el
bien. Si dejáis la luz para complacer a alguien, no tendréis ni el Cielo ni la tierra, es decir, no tendréis ni al Señor ni a esas gentes por las cuales habréis hecho tan grandes sacrificios, y os quedaréis solos. Es necesario buscar el Cielo y tendréis también la tierra, porque la tierra sigue siempre al Cielo, se somete a él y lo sirve.
Si predominan el sentimentalismo y el apego ciego, no solamente no ayudaréis a los demás, sino que sufriréis. Para evitar esos sufrimientos, debéis poner la inteligencia, la sabiduría y a Dios en primer lugar, y entonces todo lo que amáis os pertenecerá. Todos los niños a los que amáis divinamente os pertenecen, y son más vuestros que de sus madres, si éstas les aman estúpidamente. Diréis: «¡Pero no es posible! Los lazos de la sangre están ahí...» Pero esos lazos no son los más fuertes, creedme; hay lazos y lazos.
Sólo os pertenecen aquellos que sabéis amar, sean niños, hombres o mujeres. En apariencia, los lazos de la carne son los más fuertes, pero en la realidad frecuentemente ocurre que los miem-bros de una misma familia no tienen ninguna afinidad porque pertenecen a diferentes familias espirituales. Podéis, por ejemplo, pertenecer fisicamente a una familia de agricultores y espiri-tualmente a una familia de reyes. Y al contrario, podéis ser fisicamente hijos de una familia real, y en realidad pertenecer a una familia de miserables y de vagabundos.
¿Cómo actuará en caso de necesidad aquel que ama verdaderamente a su familia? Deberá tener el valor de abandonarla durante algún tiempo para ir a trabajar al extranjero a ganar dinero. Mientras que otro que no siente el mismo amor, no tendrá el valor de irse. Así pues, como veis, en apariencia el primero ha abandonado a su familia, pero ha sido para ayudarla: se fue al extranjero a ganar dinero, y cuando vuelve todos son felices. Mientras que aquel que no quiso a su familia, la deja en la pobreza.
Ahora traduzcamos: el verdadero padre, la verdadera madre abandonará a su hijo, abandonará a su familia, y por la meditación, por la oración, irá «al extranjero», es decir, al mundo divino donde recogerá las riquezas, y cuando vuelva todos nadarán en la opulencia; mientras que aquel que no comprende, se quedará con su familia. Pero, ¿qué les aporta? No mucho: algunas chapuzas, algunos restos enmohecidos que quedaron en los armarios.
El verdadero padre, la verdadera madre, van «al extranjero». ¿Cuánto tiempo? Eso depende: tal vez media hora, una hora... tal vez un día o tres meses, y cuando vuelvan esparcirán sus riquezas. Como veis, tengo argumentos formidables que vuestra lógica no podrá rebatir. Y si las madres no están de acuerdo, que vengan a discutir conmigo. Les diré: «Pretendéis amar a vuestro hijo, pero analizad si le amáis. Si le amáis, iréis allá, «al extranjero», diez minutos o tal vez media hora, y entonces vuestro hijo nadará en la abundancia».
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II
La madre hace todo por su hijo: le ama y se ocupa de él día y noche. Pero, ¿por qué este niño sigue siendo un niño vulgar... y a veces se vuelve un granuja o un criminal? Porque la madre no aprendió que podía proyectar su amor hacia las regiones sublimes, tomando de ellas otros elementos de los que el niño tendrá necesidad más adelante: partículas que trabajarán sobre él para convertirle en un ser excepcional. ¿Cómo puede creer una madre que con su estrechez de espíritu, su ignorancia, sus preocupaciones prosaicas, pueda obtener los elementos indispensables para que más tarde su hijo haga maravillas y contribuya al bien de la sociedad y de toda la humanidad?
Mientras la madre no intente alcanzar las regiones más elevadas para atraer partículas de luz, de pureza, de eternidad, haga lo que haga, aquello que dé a su hijo será siempre mediocre. No es la cantidad de elementos lo que cuenta, sino su calidad, y es esta calidad la que se debe buscar. En matemáticas ocurre lo mismo: ningún conjunto de figuras de la segunda dimensión puede dar una figura de la tercera dimensión... varios cuerpos de la tercera dimensión no pueden producir un cuerpo de la cuarta dimensión. Es decir, que la suma de varios hombres no dará un genio y un conjunto de genios no dará una divinidad... Para poder preparar un ser divino, hay que añadir elementos que sólo se encuentran en el mundo espiritual, en el mundo divino. Hay que comprender esto.
Así pues, es necesario que las madres aprendan a trabajar sobre sus hijos, que de vez en cuando, durante algunos minutos, y si es posible varias veces al día, mediante sus pensamientos y sus oraciones se presenten ante Dios, diciendo: «Señor, quiero que este hijo que me has dado sea Tu servidor, pero para ello necesito de otros elementos que sólo se encuentran en Ti. Concédemelos, por favor, de lo contrario este hijo no dará nada bueno, y no será provechoso ni para él, ni para Ti, ni para mí.» El Señor se rascará la cabeza y llamará a algunos de sus servidores para que se ocupen de esta madre.
¿Os asombráis de mi manera de presentar las cosas?.. Lo importante es que comprendáis y que avancéis; poco importa que esto esté presentado de manera poco ortodoxa, literaria, filosófica o académica. Yo quisiera hacerlo todo por las madres, las admiro por los sacrificios que son capaces de hacer, pero es necesario que su conciencia se ensanche y que aprendan a trabajar para sus hijos con nuevos medios, con medios espirituales. Las madres creen que sus cuidados y sus sacrificios son suficientes. En realidad, nada es suficiente; siempre hay que añadir partículas, fuerzas, poderes celestes. Un niño que se alimenta e impregna cada día de estos elementos, asombrará más tarde al mundo entero.
Me diréis que no es fácil presentarse ante Dios... Es una manera de expresarse. Asociándose mediante el pensamiento a las regiones celestiales, la madre atrae elementos de una naturaleza más sutil y los proyecta sobre su hijo. Se han dado casos en que el amor de una madre llegó a arrebatar a un niño del poder de la muerte. Sí, porque este amor era de una potencia tal, que producía transformaciones en el niño y gracias a esta poderosa corriente de amor, se lograron rechazar muchos elementos nocivos, con lo cual se consiguió salvar al niño. Pero, evidentemente, estos son casos excepcionales y sin esperar circunstancias tan dramáticas, en la vida corriente las madres tienen numerosas ocasiones de manifestar el amor que sienten por sus hijos.
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Por la mañana, a la salida del sol, por ejemplo. Me conmuevo al ver cada mañana a las madres que llevan a sus bebés a la Roca, y quisiera darles un método para que el trabajo que realizan
sobre ellos sea más provechoso. En lugar de pasear a vuestro hijo por aquí y por allá para que se calme, se duerma o lo que sea, sentaos tranquilamente en algún sitio y dirigíos a él: «Mi tesoro, mi amor, mi esplendor...» Y hablándole así le bañáis de luz; como el sol, vosotras le penetráis con vuestro amor, invitáis a todos los ángeles y arcángeles con la fuerza de vuestro amor. Vosotras decís: «Señor, quiero que este niño sea tu servidor, que sea el más hermoso, el más inteligente, el más radiante, el más luminoso, el más sano.» Y os le imagináis en ese esplendor.
La mujer posee una gran fuerza de imaginación gracias a la cual modela a su hijo, y puesto que todos sus sentimientos y sus deseos se registran sobre los cuerpos etérico, astral y mental del niño, al actuar así la madre, no solamente ayuda enormemente al niño en su evolución, sino que entre ambos se crean unos lazos muy fuertes. Una de las principales causas de las frecuentes rupturas que se producen ahora entre los hijos y los padres, es el hecho de que los padres no han sabido influir en los hijos con sus propias vibraciones, no han sabido impregnarles con su amor, con su sabiduría, con su fuerza y con su vida. ¿Cómo no han descubierto las madres eso desde hace tiempo? Sí, de vez en cuando, cuando están enfermos o cuando vienen a abrazarlas, sienten un poco de amor por ellos, pero ese amor es ineficaz, porque inmediatamente es reemplazado por otros sentimientos. ¡Es muy raro encontrar a alguien que sepa trabajar conscientemente, inteligentemente! Esto es lo que deben hacer las madres a la salida del sol y si lo hacen, se asombrarán al ver que se vuelven infatigables. Porque es el amor el que despierta y estimula todas las células del cerebro.
En otra conferencia os hablaba de la fuerza del pensamiento, de la palabra, y os explicaba cómo podéis influir en vuestro hijo hablándole cuando duerme en su cuna. Aunque no lo oiga, aunque no comprenda nada, ciertas leyes del universo hacen que todo lo que estáis registrando en él, germine cuando sea mayor. Podéis hablarle del bien, de la verdad, de las leyes morales, con la convicción de que vuestras palabras quedan registradas. Por otra parte, ¿quién sabe si a pesar de todo, no comprende lo que decís? Lo que ocurre es que no tiene todavía la posibilidad de expresarse y demostraros que comprende, porque sus órganos no están completamente formados.
Un niño anormal es, en realidad, un espíritu tan fuerte y tan inteligente como los demás, pero no puede manifestarse porque su cerebro y su cuerpo físico están deteriorados. Coged al mayor virtuoso del mundo, dadle un piano desafinado, ¿podrá tocarlo? No, naturalmente; es perfecta-mente capaz, pero es el piano el que está en un estado deplorable. Pues bien, el cerebro es el piano, el instrumento a través del cual el espíritu se manifiesta; su propietario puede ser un genio, un virtuoso, pero mientras el instrumento no esté afinado, no podrá tocarlo. Tal vez ocurra lo mismo con los niños; ellos ven, comprenden muchas cosas, pero no pueden expresarse. Se citan casos rarísimos, inexplicables. Todavía quedan muchos misterios por aclarar en el futuro. En cuanto a los bebés, ¡se sabe todavía tan poco de ellos! A veces vemos que algunos, durante unos instantes, muestran una expresión tan inteligente que nos dejan atónitos. Y luego recobran inmediatamente su fisonomía de bebés. Yo observo a los niños; para mí son libros donde puedo leer muchas cosas.
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Así pues, me dirijo a las madres: ¿Queréis verdaderamente que vuestro hijo sea un servidor de Dios, un genio, un santo, un bienhechor de la humanidad, un ser magnífico? Ocupaos de él con todo vuestro amor. Sólo el amor lo puede todo. Habladle cuando duerme, acariciad le dul-cemente, impregnadle de todos los colores de la luz: el rojo, el naranja, el amarillo oro, el verde, el azul, el índigo, el violeta... Pero si queréis conocer los verdaderos colores de la luz solar, es necesaro tener un prisma, porque en ninguna otra parte la naturaleza ofrece colores tan bellos, tan poderosos como a través de un cristal. Podréis también contemplar los colores tranquilamente y
luego transferidos a la imaginación. No trabajéis sobre vuestro hijo con cualquier color, sino solamente con los colores del prisma, porque éstos son los verdaderos colores.
Tratad, pues, de impregnar a vuestro hijo con estos rayos luminosos, de imaginar que las corrientes pasan por todas las células de su cuerpo... En ese momento estáis repitiendo el mayor misterio de la creación, el misterio del Señor, el cual penetra la materia para animada.
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                                     VI  LA PALABRA MÁGICA
¡Hay tantas anomalías en la actitud de los padres hacia sus hijos! Con el pretexto de que un niño no puede comprender lo que ocurre a su alrededor, se permiten toda clase de palabras, de gestos y de comportamientos, sin pensar que eso actúa muy desfavorablemente sobre su psiquis-mo. Porque el niño es muy vulnerable, en él todo queda registrado, y a menudo, ciertos desa-rreglos que aparecen más tarde, provienen de escenas o de conversaciones a las cuales asistió cuando no era más que un bebé.
Muchos padres no cuidan suficientemente la manera de hablar a sus hijos. No cesan de tratar-les de incapaces, perezosos e idiotas, y los niños, sugestionados, hipnotizados, se vuelven al cabo de algún tiempo estúpidos e incapaces. Esos padres no saben que la palabra es muy poderosa, muy activa, y que aquello que dicen puede tener una influencia inmensa sobre sus hijos. Son los padres quienes a veces matan a sus hijos. Para tenerles tranquilos u obligarles a obedecer, ¿por qué tienen que amenazarles con el coco, el lobo o el guardia?, ¿por qué les abruman con repro-ches o maldiciones por cosas sin importancia? No saben que durante toda su vida esos niños se sentirán amenazados, en peligro, y se volverán neuróticos.
Es necesario que los padres aprendan desde ahora a servirse de la fuerza de la palabra para hacer el bien a sus hijos, y yo puedo daros un método. Este método es para las madres que tienen niños muy pequeños. Mientras que su bebéestá dormido, la madre puede ponerse cerca de su cuna o bien cogerle en sus brazos, y entonces decirle muy dulcemente: «Hijo mío, te quiero mucho, pienso en ti, quiero que seas grande, noble, luminoso, divino, que seas muy inteligente, fuerte, puro y bondadoso...» Que le hable de las mejores cualidades que desee para él. Es posible que algunos encuentren este método insensato, pero todos aquellos que conocen las grandes leyes del universo lo aprobarán, porque saben que el verbo es todopoderoso. Aunque en ese momento el niño no comprenda nada, las palabras de su madre se grabarán en su subconsciente y trabajarán sobre él en el sentido que ella haya elegido.
Que las madres hagan esto cada día, cada tarde o incluso durante la noche. Que hablen a su hijo acariciándole la cabeza con cariño, mencionando todas las fuerzas, las cualidades, las virtudes que él posee y que desarrollará más tarde. Que le hablen de su porvenir; y él será feliz, grande, y se convertirá en un ser excepcional. Que pronuncien solamente las palabras más poéticas, las más maravillosas. En general, esperan para educar a sus hijos que sean capaces de una cierta comprensión intelectual; entonces le dan explicaciones y creen que eso es la educación. Sin embargo, las explicaciones nunca tienen un gran valor pedagógico. En pedagogía, el único método verdaderamente eficaz es el ejemplo. Mostrad concretamente a los niños lo que deben hacer, hacedlo delante de ellos y no les expliquéis nada. Enseñadles cómo deben lavarse, cómo deben limpiarse, cómo se pone orden, cómo se prepara la comida... Los niños son como pequeños monos. En el momento que os ven hacer cualquier cosa, ellos la hacen también.
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Y si ahora alguien me dice: «Pero antes de hacer lo que usted aconseja quiero comprender exactamente cómo sucede y cuáles son los procesos desencadenados en el plano etérico.» Si queréis comprenderlo todo antes de comenzar a actuar, transcurrirán siglos y mientras tanto vuestro hijo se volverá un pillo. Empezad desde ahora, ocupaos de él porque tenéis una gran res-ponsabilidad. Y, lo que es maravilloso, es que en el momento que pronunciáis esas palabras
mágicas para vuestro hijo, hay colores que irradian de vuestro corazón, de vuestra cabeza, e incluso, ciertas entidades luminosas atraídas y sensibilizadas por toda esta belleza, pueden decidir quedarse junto al niño para trabajar en él. Así pues, os lo suplico: acallad vuestro intelecto cuando ponga objeciones y haga preguntas, creed en esto que os digo y saldréis ganando vosotros y vuestros hijos. ¿Se conocen suficientemente todas las leyes del mundo psíquico, del mundo espiritual, para pronunciarse y poner en duda mi enseñanza? Mientras seáis ignorantes, tenéis necesidad de creer y seguir a alguien que haya ido más lejos que vosotros en el sendero del conocimiento. Así pues, que las madres hablen a sus hijos, aunque estén durmiendo y aunque no comprendan nada. Algunas dirán que ellas les hablan con el pensamiento, pero eso no es suficiente porque existe una gran diferencia entre el pensamiento y la palabra.
Un día, me encontraba en Amsterdam dando una conferencia, y había en el auditorio repre-sentantes de algunos movimientos espiritualistas... Entre otras cosas yo decía que la meditación produce una gran acumulación de energías psíquicas y que muchas personas que se contentan con meditar sin pronunciar nunca palabra alguna, sienten que esas fuerzas terminan perturbándoles. ¿Por qué? Porque no han sabido darles una salida, una orientación. Son necesarias algunas palabras para que todas las entidades reunidas por la meditación se precipiten en la dirección que la palabra les ha indicado. ¿Por qué la palabra? ¿No es el pensamiento, por sí solo, lo bastante fuerte? Sí, pero el pensamiento sin la palabra es como si escribierais sobre un papel toda clase de promesas y compromisos sin poner al final vuestra firma; mientras no firméis, las promesas no son válidas. Podéis declarar, prometer o legar todo lo que queráis, pero sin firma nadie tomará ese papel en serio. Ante el mundo, es la firma lo que cuenta. Y para vuestro trabajo espiritual la palabra es como ,la firma.
Cuando dije esto, el Presidente de la Sociedad Antroposófica de Holanda exclamó: «¡Ah! eso es nuevo para nosotros.» Estaba maravillado. Estas son verdades que muchos no conocen. Así pues, la palabra es muy importante. Podéis pensar durante horas si queréis, pero si deseáis que vuestro pensamiento se concrete aquí, en el plano fisico, tenéis que hacer intervenir la palabra. El pensamiento es fuerte en el plano psíquico, pero la palabra es fuerte en el plano fisico.
Aprended esta verdad y obtendréis grandes resultados. No pronunciéis palabras sin haberlas estructurado mentalmente e impulsado sentimentalmente; si no lo hacéis así vuestras palabras serán vacías, huecas, sin fuerza, y no producirán ningún resultado.
Los niños que me escuchan retienen siempre algo de lo que digo. Más tarde, todo lo que han registrado sin comprenderlo aparecerá en su conciencia, y en ese momento podrán aprovecharlo; se servirán de ello y conseguirán mucho más que los niños que han sido apartados de ciertas preocupaciones con el pretexto de que no eran apropiadas para su edad.
En cuanto a los niños que sus padres traen cada día a la Roca para asistir a la salida del sol, podría pensarse que es preferible que se quedaran tranquilamente en la cama. Pues no. Aunque se duerman en la Roca, se impregnan de este ambiente de oración, de meditación, de contemplación; reciben los rayos del sol que son espíritus conscientes, y estos rayos trabajan sobre su cuerpo etérico, dejando en él su huella. Algunos años después, aunque algunos compañeros tratan de incitarles a cometer actos reprensibles, estos niños sentirán en ellos una resistencia, una fuerza que les mantendrá en el camino de la pureza, de la luz y de la sabiduría. Aunque no conocen el origen, esta influencia queda tan profundamente enraizada en ellos, que se verán obligados a constatarla. He aquí por qué se debe educar incluso antes de que el entendimiento aparezca en el niño.
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Por otra parte yo, he ido mucho más lejos al decir que después del nacimiento es demasiado tarde para comenzar la educación del niño. Sí, porque en ese momento' los padres ya no tienen ningún poder para influir en el niño. Es necesario que lo hagan antes del nacimiento e incluso
antes de la concepción. Desde ese momento comienza la verdadera educación, fuerte, eficaz, real e indestructible.
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Mi pedagogía es nueva, lo sé, e incluso rara, pero da resultados. Cuando un niño come, des-conoce el tipo de energías que los alimentos van a aportarle y en qué forma esas energías contri-buirán a su desarrollo fisico, moral e intelectual, pero no se espera a que el niño comprenda para darle de comer. No se debe esperar tampoco a que comprenda para introducir en él los elementos divinos. Si esperamos a que los niños sean capaces de comprender la vida espiritual para dársela, se morirán, morirán espiritualmente. Y eso es lo que ocurre a menudo. Esperamos a que los niños estén en edád de recibir una educación espiritual, y en esta espera se atascan de tal forma en una vida mediocre, que cuando se quiere enderezarles ya es demasiado tarde.

                           VII  NO DEJAR NUNCA A UN NIÑO INACTIVO
¿Habéis visto lo orgullosos que se sentían los niños por haber cantado? Para ellos era algo importante. Toda su vida se acordarán de que han cantado delante de un público. Para vosotros posiblemente no sea nada, pero para ellos es un acontecimiento; si entráis en el corazón de los niños, comprenderéis que es un acontecimiento. Ahora debéis a1entarles, decirles que ha sido magnífico, que os gusta escucharles y que deben aprender otros cantos.
Hay que despertar en los niños el deseo de mostrar su talento en una actividad o en otra. Es el mejor medio de impedir que hagan tonterías y de que pierdan el tiempo en una u otra cosa. No hay que dejar nunca a un niño inactivo. A menudo, para pedirle a un niño que se esté tranquilo, se le dice: «Sé bueno». Pero, ¿por qué confundir el ser bueno con estarse quieto? ¿Acaso el ser bueno consiste en no moverse, en no hacer nada? Que nadie se extrañe si el niño después detesta ser bueno, porque en su cabeza ser bueno es sinónimo de inmovilidad, ¡y él es dinámico! Así pues, no hay que pedirle a un niño que se esté quieto, sino darle siempre algo que hacer, tenerle ocupado.
Por eso los padres deben aceptar que sus hijos se fatiguen un poco haciendo lo que les piden en la escuela o en otra parte. Los niños tienen tantos recursos, son tan resistentes, que olvidan enseguida sus penas. Su carácter se forma con el esfuerzo, y ello debería alegrar a padres y madres. Pero éstos, desgraciadamente, dicen: «Oh, pobrecito, no hay que cansarle». De esta manera, evitándoles cualquier esfuerzo, se vuelven débiles, perezosos, incapaces y egoístas. ¡Ese es el amor y la pedagogía de los adultos! Mirad: los niños que suben a la Roca para asistir a la salida del sol, ¿acaso son dignos de lástima? ¿son infelices por no haberse quedado en cama? No, miradles, se sienten felices. Los padres deben darse cuenta de que a menudo son ellos, con el pretexto de no sobrecargarles, quienes alimentan la debilidad en sus hijos. Deben cambiar de actitud, de lo contrario sufrirán toda su vida por haber hecho de sus hijos unos seres egoístas y caprichosos.
Conozco a muchos que han cometido este error y ahora se tiran de los pelos. Yo les digo: «Es culpa vuestra. Desde pequeños teníais que haberles enseñado a ayudaros, a lavar algunos platos, a poner la mesa, a hacer pequeños trabajos fáciles.» Evidentemente, la mayoría de los trabajos son demasiado dificiles para los pequeñitos, pues no tienen ni fuerza ni habilidad suficientes, pero pueden hacerse los trabajos delante de ellos, diciéndoles: «Más tarde lo harás tú», Entretanto, pueden ayudar en cosas sencillas. Pero los padres no les dan nada porque es más fácil para ellos el hacer rápidamente ciertos trabajos que enseñar a los niños cómo hacerlos y vigilarles mientras los hacen. Pero éste no es un buen método de educación, porque más tarde los niños no quieren hacer lo que debían haber aprendido cuando eran pequeños: sus facultades no han sido ejercitadas a su tiempo. En ese momento no servirá de nada que los padres les digan: «Vago, haz esto, haz lo otro, procura aprender...» El niño no querrá porque es demasiado tarde.
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Hay buenas costumbres que es necesario enseñar a los niños cuando son muy jóvenes, porque entonces estas costumbres no las abandonarán nunca. Una vez encontré a un hombre que había estado varias veces en la cárcel por robar, y me confesó que incluso en la cárcel rezaba cada mañana y cada noche su oración; era una costumbre que su padre le había enseñado cuando era muy pequeño, y no podía deshacerse de ella. Le dije : «¡Pero cómo!, ¿rezas por la mañana y por la noche y continúas robando? - ¡Ah, eso es otra cosa!» Para él, robar y rezar no son incompatibles. Naturalmente habría sido preferible que su padre le enseñara también a no robar.
No nos damos cuenta de lo que es la fuerza de la costumbre. Si un niño está acostumbrado a que sus padres cedan a sus caprichos, más tarde, incluso cuando no tenga razón y sea consciente de que no la tiene, continuará queriendo que los demás cedan. En ese momento será demasiado tarde para cambiade. Un niño que ha sido muy mimado, exigirá que los demás mantengan siem-pre esta actitud hacia él. Desgraciadamente en ese momento sólo la vida, con su dureza, será capaz de educade, porque la vida es despiadada. Entonces el niño sufrirá y se corregirá. Pero, ¡qué cantidad de sufrimientos inútiles han preparado los padres a sus hijos por no saber oponerse a sus caprichos!
Por eso, a menudo digo a los padres: «Cuidado, vuestra bondad, en realidad, no es más que debilidad, ignorancia... Después lloraréis porque seréis las primeras víctimas de vuestra estúpida bondad.» j Cuántos padres han venido a quejarse a mí de la actitud de sus hijos! Y me he visto obligado a decides que eran ellos los culpables, y evidentemente no me comprendían. No hay que ser débil con los hijos, porque después abusan y no es culpa suya. Si nadie enseña a un niño que hay reglas que respetar y si desde muy joven ya tiene la impresión de que todo puede doblegarse a sus caprichos, ¿cómo queréis que después obedezca a aquél que le hace una pequeña observación? No obedecerá, lo cual es normal. Querrá desafiarlo todo, romperlo todo e incluso perderse para no tener que ceder. Porque es así como ha sido acostumbrado, y por lo tanto no es culpa suya. Entonces, cuando los padres se dan cuenta de que la mala educación ha estropeado el carácter de su hijo, no les queda otra solución que rezar al Cielo, a los espíritus de la sabiduría, para que le den una lección que le haga reflexionar. El niño llorará un poco, pero vosotros le consolaréis y él habrá comprendido, y así, después de algunas pequeñas lecciones, se habrá salvado. He observado y he visto a menudo que es la bondad, la bondad estúpida la que fomenta los vicios. La bondad es maravillosa, pero a condición de que esté al servicio de la sabiduría.
Un día me encontré con una familia rica, bien situada socialmente. El matrimonio estaba muy preocupado porque su único hijo no les daba más que disgustos. Pero le consentían todo, le daban mucho dinero, y él, naturalmente, se divertía y descuidaba sus estudios. Quise ayudarles, y entonces les dije: «¿Queréis salvar a vuestro hijo? Ante todo es necesario que comprendáis que no está dotado para los estudios; si yo estuviera en vuestro lugar, le enviaría como aprendiz a un garaje, con un patrón exigente que le obligara a trabajar, y además dejaría de darle dinero, porque ese bienestar desarrolla solamente su lado negativo.» Les expliqué todo esto, pero no me comprendieron; incluso estaban molestos por mi consejo, ya que se sentían humillados ante la idea de que yo quería hacer de su hijo un obrero, cuando ellos esperaban para él una situación brillante. Naturalmente no me escucharon y continuaron enviando a su hijo a las mejores escuelas de Francia y del extranjero, poniéndole los mejores profesores y sobre todo continuaron mimándole con dinero y regalos.
Algunos años después, la situación se había vuelto tan catastrófica que recordaron mi consejo a propósito del garaje. Pero entonces, ¡qué sorpresa me llevé! Yo les había dicho que le enviaran a un garaje para hacer un aprendizaje, y en lugar de eso le compraron el garaje más grande, más moderno y más caro que pudieron encontrar. Evidentemente como no estaba preparado para ser patrón de semejante garaje, pasó lo que tenía que pasar: poco tiempo después quebró y perdieron sumas enormes. No os contaré el final de la historia, pero ahí tenéis el ejemplo de unos padres que hicieron la desgracia de su hijo a causa de su debilidad y de su estúpido amor.
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Hoy los padres no se atreven a utilizar métodos que forjan el carácter de los niños. Dicen: «¡Oh! No deben sufrir, deben tener todo lo que quieran.» Y así estropean a sus hijos con esas debilidades. Un día no podrán obtener nada de ellos y tendrán frente a sí verdugos que les piso-tearán, recibiendo cruentas lecciones por su falta de pedagogía. Pero los padres no me creen,
piensan que soy cruel. No soy cruel, conozco pequeñas leyes... que son grandes leyes. En el pasado era así como mucha gente educaba a sus hijos, incluso los reyes, porque los reyes tenían siempre en su palacio sabios que les aconsejaban, ved por ejemplo, el consejo que podían dar esos sabios: «Majestad, tenéis un hijo que está destinado a reinar. Pero, ¿será justo, honesto e impaercial? He aquí lo que tenéis que hacer: antes de que vuestro hijo sepa que es un príncipe, futuro heredero del trono, enviadle a vivir con una familia pobre, para que vea cómo sufren y luchan los hombres, cómo trabajan para ganar un trozo de pan. Cuando vuelva y suba al trono, gobernará con justicia, clemencia y misericordia.» Y algunos reyes siguieron este consejo.
En nuestro tiempo, las familias ricas no quieren enviar a sus hijos con cualquier patrón, en condiciones duras y dificiles, donde incluso pueden recibir algunos golpes. Les enviarán a las grandes ciudades o a Suiza, a los pensionados más famosos, donde se tratarán con príncipes, jugarán al tenis, practicarán el esquí, la natación... Y cuando salsa de ahí ese hijo querido, le envolverán en algodón. ¡Esa es la pedagogía de la gente rica e «inteligente»!
Por otra parte, un padre que es muy rico no debe mostrarlo a sus hijos, porque entonces con-tarán con la futura herencia y no harán ningún esfuerzo por trabajar y aprender a desenvolverse solos; creerán que todos los caprichos y placeres les están permitidos, se volverán perezosos, y esa es la peor educación. Que los padres tengan el mayor tiempo posible a sus hijos en la ignoran-cia de las riquezas que les esperan. Cuando hayan adquirido la buena costumbre del trabajo, del dominio de sí mismos, entonces sí, los padres. podrán hablarles de la fortuna que heredarán más tarde, pero no antes.
Por lo demás, eso es lo que hace el Señor con todos nosotros. El Señor es el más grande de los educadores, el mejor pedagogo. No nos enseña enseguida la herencia que nos espera arriba, en los bancos celestes. Y de esta manera, al creernos pobres y miserables, trabajamos, sufrimos y por fin, cuando con gritos y lágrimas llegamos a ser dignos de nuestra herencia, El nos enseña todos esos tesoros que estaban reservados para nosotros. En ese momento comprendemos la sabiduría del Eterno que no nos ha revelado nada antes de tiempo. Los Iniciados, que quieren trabajar como el Señor, esconden también muchas cosas a sus discípulos para que éstos se desarrollen perfectamente.
Los padres que quieren ver como sus hijos asumen más tarde grandes responsibilidades, deben darles una educación que les haga conocer las dificultades de la vida, si no, ¿cómo comprenderán las penas de sus obreros, de sus soldados, de sus subordinados? Aquellos que provienen de un medio muy pobre y han ascendido por su trabajo, son seres comprensivos, e incluso lo son con el sufrimiento de los demás, porque ellos mismos han sufrido. Mientras que otros, dirán como la reina María Antonieta: «¿No tienen pan?.. ¡Pues que coman bollos!» Ella no comprendía.
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        VIII  PREPARAR A LOS NIÑOS PARA SU FUTURA VIDA DE ADULTOS
Sé perfectamente que las cuestiones filosóficas no son adecuadas para los niños y los adoles-centes que están aquí, y que éstos están interesados en toda clase de diversiones y distracciones. Pero a pesar de ello, quedándose entre los adultos que hacen todo lo posible por vivir según las reglas de la Enseñanza, todo se graba en ellos, aunque no comprendan todavía su profundidad y su sentido. Y cuando más tarde se encuentren ante grandes problemas, sabrán actuar y dirigirse mejor que los demás, porque habrán recibido aquí un impulso hacia el bien; poco importa que no hayan sentido nada de momento, lo que han visto y oído continuará influyendo en ellos toda su vida. He aquí por .qué los jóvenes deben participar en nuestro trabajo.
Aunque tengamos la impresión de que son todavía demasiado jóvenes, es necesario preparar a los niños para la vida que llevarán más tarde, y es preferible para su profundidad de comprensión que puedan echar una mirada al mundo de los adultos. Por otra parte, mirad: ¿Qué hace una niña? Instintivamente quiere tener muñecas para mecer, alimentar y lavar. Esta ocupación es una preparación para su papel de futura madre. Así pues, hay algo en ella que la empuja ya a explorar el terreno para el futuro. Es necesario reflexionar en todo esto.
Llevamos a los niños a la iglesia, y sin embargo, no pueden comprender gran cosa de lo que ocurre. Pero la solemnidad de la ceremonia y el recogimiento de los adultos producen en su alma impresiones que profundizarán más tarde. y otros, a causa de la muerte de .un pariente o de un compañero, asisten a un entierro donde comienzan a preguntarse por qué desaparece la gente. La muerte es un acontecimiento al cual necesariamente deberán enfrentarse más tarde, y es útil para ellos estar preparados. En la vida todo es así. Cada niño está en cierta medida obligado a anticiparse a los acontecimientos que no corresponden a su edad, beneficiándose de la experiencia de los adultos.
Consideremos un ejemplo muy simple: un estudiante en química comienza por estudiar todo lo que ha sido descubierto en esa ciencia hasta hoy; y si es capaz, añadirá sus propios des-cubrimientos. Pero comienza estudiando las experiencias y los descubrimientos de otros; no deci-de ignorarlos para encontrar todo por sí mismo y al cabo de veinte o treinta años acabar descu-briendo (si es que lo descubre) que una molécula de agua está compuesta por un átomo de oxíge-no y dos de hidrógeno. Acepta esta noción y esto le permite ganar tiempo.
Si acostumbramos a un niño a participar en la vida de los adultos, en el momento que tenga que enfrentarse a ciertos acontecimientos, ya estará preparado porque se acordará e imitará lo que ha visto hacer. Por eso es muy útil que la juventud no esté limitada a las actividades que consideramos adecuadas a su edad. Un día hablé con la madre de dos jovencitas encantadoras, de unos quince años. Le decía: «Les haría bien a sus hijas venir a la Fraternidad para oír verdades que les ayudarán más tarde en la vida.» Y, ¿sabéis lo que me respondió?» ¡Oh no, son muy jóvenes. A su edad es necesario que se diviertan; les gustan los bailes, las fiestas. Ya tendrán tiempo para pensar en cosas serias!» Ahí tenéis a una madre que prepara catástrofes para sus hijas.
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Naturalmente, hay que dejar bailar a la juventud, no me opongo al baile, pero hay que acostumbrada también a tener preocupaciones de otro orden. Que la naturaleza humana no está
hecha para el trabajo, el esfuerzo y la reflexión, es cierto; e incluso han sido los Iniciados quienes en el pasado instituyeron esas fiestas en las que el pueblo, a través de los cantos, de los bailes y de los disfraces, podía dar rienda suelta a todas esas fuerzas que comprimen, como son el trabajo y los problemas de la vida cotidiana. Pero pensar que lo esencial es divertirse y distraerse, verdaderamente es desperdiciar la existencia.
No me opongo a que una madre quiera que su hija se divierta. Yo también me divierto, no pienso más que en divertirme. ¿Qué creéis vosotros? Hay diversiones y diversiones... Y es necesario ver los peligros de las diversiones que no están equilibradas por la reflexión. Rápida-mente el primer granuja recién llegado, engañará a esa jovencita que su madre envía a «diver-tirse», y no solamente perderá su atractivo y lozanía, sino que perderá también su lucidez, e irá rápidamente a engrosar la multitud de mujeres que atraviesan la existencia sin saber jamás adónde van.
No penséis que no soy una persona abierta. No hay nadie más abierto que yo. Quiero que todos los chicos y chicas se alegren, canten y bailen, pero al mismo tiempo que acepten estudiar la ciencia de los Iniciados, que aprendan a unirse a las fuerzas nobles y vivas de la naturaleza. Entonces se convertirán en seres formidables, capaces de actuar benéficamente para sus familias, su país e incluso para el mundo entero.
Os he dicho que no debemos dejar que la juventud persiga únicamente lo que le apetece, lo que le resulta agradable como está sucediendo, sino mirar siempre un poco más lejos y anti-cipamos al futuro. ¡Oh! ya sé que muchos niños se anticipan, pero no como debieran. Por ejem-plo, una niña bonita, graciosa, quiere ser como su tía porque su tía lleva los labios y las uñas pintadas, y los dedos llenos de anillos... y un niño quiere ser como su abuelo por su pipa y sus grandes bigotes. Los jóvenes se anticipan a menudo sin sabedo y tienen demasiada prisa por llegar a viejos, por tener un aire importante, hastiado. Que no se den prisa, por Dios, porque ello llegará aunque no lo quieran. Si hay una cosa absolutamente cierta, es que van a envejecer, nada podrá impedido.
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Entonces, que la juventud trate de ser joven el mayor tiempo posible. Quiero decir joven en su corazón: espontánea, sencilla, sonriente. Yo prefiero seguir siendo un niño, y mantengo con todas mis fuerzas el espíritu de la infancia. Los jóvenes quieren ser viejos y yo quiero prolongar la juventud, ¡porque la juventud pasa tan deprisa! Es como la primavera... ¡fugaz!


                  IX PRESERVAD EN EL NIÑO EL SENTIDO DE LO MARAVILLOSO
Mirad a esos niños que me escuchan: ¡si supierais cómo comprenden mis palabras! Sus caras vibran... En el momento que hay que reír, se ríen; en el momento que hay que pensar, piensan. Reaccionan de una manera magnífica. Tengo ahí un auditorio que os aventaja. Sólo Dios sabe lo que pasa en sus cabezas, cómo ven y comprenden las cosas... Tal vez encuentren la verdad desde el primer momento, mientras que a vosotros os harán falta años. Sí, estoy seguro que ven la verdad más rápidamente y mejor que los adultos.
Los adultos encuentran absurdas muchas de las observaciones de los niños, porque no las comprenden. Cuántas veces me he quedado estupefacto ante la profundidad de ciertas obser-vaciones. Ello se debe a que todavía son sencillos, naturales, y a que se encuentran cerca de las regiones celestes de donde han descendido. Más tarde la familia, la sociedad, les inculcan su pro-pia manera de razonar y de ver las cosas, y los niños terminan por aceptar esos puntos de vista erróneos... Sí, los adultos no hacen a menudo otra cosa que deformar a los niños.
Cuando los niños son pequeñitos tienen un sentido innato de lo maravilloso, creen que todo está vivo, que todo es inteligente: hablan a los insectos, a las piedras, a los animales, a las plantas. ¡Cuando se dan un golpe contra una piedra, le dan una patada al tiempo que la recriminan, porque piensan que la piedra lo ha hecho adrede! Y cuando les cuentan historias de hadas, de gigantes, de animales extraordinarios, lo creen, ¡es formidable!... Algunos años más tarde pierden ese sentido de lo maravilloso, porque los adultos se ríen de su credulidad, y aunque no se rían, termina por influirles su actitud materialista y grosera.
Y una vez los niños pierden ese sentido de lo maravilloso, han perdido verdaderamente lo esencial. Porque no hay que imaginarse que es una gran prueba de superioridad por parte de los adultos el creer que el universo no tiene ni alma ni inteligencia, que el hombre es el único ser viviente y pensante de la creación. Toda la naturaleza está viva, es inteligente y está habitada por criaturas vivas e inteligentes, y algunas, incluso mucho más inteligentes que el hombre. Desde el día en que el hombre niega esta vida y esta inteligencia, la muerte comienza a instalarse en él. Cuando creéis que todo está muerto a vuestro alrededor, la muerte se instala en vosotros; no olvidéis nunca esto. Más bien creed que todo es inteligente y está lleno de vida, y aumentaréis en vosotros la inteligencia y la vida.
He ahí una verdad sobre la cual los psicólogos y los pedagogos deben reflexionar, porque no han estudiado todavía las consecuencias mágicas de un pensamiento sencillo. Creer que toda la gente que hay en la tierra es mala, repugnante, depravada y criminal es muy negativo, porque no solamente eso se refleja en vosotros, sino que tarde o temprano os volveréis como ellos. Y si creéis que la luz, la belleza, el esplendor y la grandeza reinan por todas partes, ahí también trabajáis sobre vosotros mismos y cada día os volvéis mejores, más nobles y más expresivos.
Así pues, no destruyáis nunca el sentido de lo maravilloso en los niños. Cultivadlo para que se alimenten de él toda su vida. Los cuentos guardan vivo el sentido del mundo invisible y de los seres que lo habitan.
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En mi infancia conocí entre los miembros de nuestra familia ciertas personas muy ancianas cuyas palabras encerraban siempre una gran sabiduría. No tenían ninguna instrucción, la mayoría ni tan siquiera habían ido nunca a la escuela (en un pueblecito perdido de Macedonia, hace más de un siglo, eso no era raro), pero toda su actitud era de una dignidad y de un dominio tales, que
admiraba a esos seres; para mí eran ejemplos. Cuando venían a hacemos una visita a casa (yo tenía seis o siete años), ¡con qué felicidad, con qué alegría les recibía, con qué atención les escuchaba! Les pedía siempre que me contaran cuentos. Recuerdo que un individuo llamado Mikhaël me impresionaba mucho. Tenía una gran sabiduría. Cuando hablaba, medía siempre sus palabras y sus gestos. Al igual que mi abuela, me contaba cuentos fantásticos, en los que se desarrollaban luchas entre el bien y el mal, la luz y las tinieblas, los magos blancos y los brujos, y era siempre el bien el que acababa venciendo. Después, durante toda mi vida, he sentido que con esos cuentos, mi abuela y Mikhaël me habían dado un impulso hacia el bien, hacia la luz, hacia el deseo de hacer triunfar siempre la luz.
Ahora veo que hacía falta que yo escuchara esos cuentos porque han dejado en mí una huella profunda. Todo lo que aprendí en los libros y en la universidad se ha borrado, sólo han quedado esos cuentos donde la luz terminaba siempre por vencer a las tinieblas.
Los padres y los familiares influyen mucho en los niños. Por eso, no debéis permitir a vues-tros hijos que traten con gente que les lleve por un camino dudoso, contándoles cualquier cosa. A esa edad, lo que ven y lo que oyen se graba en ellos y les influye durante toda su vida. Es nece-sario velar por los hijos. Escoged incluso a sus amigos, si es posible: tratad siempre de saber qué niño y qué niña están tratando con vuestros hijos. También vosotros, si revisáis vuestra vida, encontraréis en vuestra infancia las razones de vuestros gustos, de vuestras tendencias o de vuestros comportamientos actuales.
Es la infancia la que determina toda la vida. Las huellas recibidas durante la infancia no se borran nunca. Por eso la responsabilidad de los adultos es inmensa. Si estropean a un niño con la grosería y la fealdad, quedará marcado para siempre. Deben, pues, vigilar y procurar no darle una mala orientación.
Hay que comprender también ciertas leyes de la psicología iniciática. Yo no digo que haya que educar a un niño únicamente en un clima de ensueño, en la poesía, en lo irreal y en lo fabulo-so. Sería un gran peligro para él. Cada método tiene siempre un lado bueno y otro malo, y hay que saber cuándo y cómo aplicarlo. Los padres y los pedagogos deben despertar el intelecto del niño y su sentido práctico, enseñarle a desenvolverse en el plano material y prepararle para enfrentarse más tarde con las realidades de la vida, pero no deben destruir su gusto por lo maravilloso ni su sensibilidad por el mundo invisible. Pueden hablarle de los espíritus de la naturaleza: los espíritus de la tierra (gnomos), los espíritus del agua (ondinas), los espíritus del aire (silfos), los espíritus del fuego (salamandras), y del trabajo que hacen en el universo. Pero, sobre todo, deben inculcarle el sentido del mundo divino, y para eso pueden comenzar a hablarle del Árbol de la Vida, de las jerarquías celestiales.
Naturalmente, hay que ponerse al nivel del niño. Por supuesto no hay que enumerarle todos los nombres cabalísticos del Arbol sefirótico, pero es posible hacerle comprender la noción de jerarquía diciéndole: «Sabes que por encima de los animales están los hombres, que son más inteligentes», y se les explica por qué. «y entre los hombres unos superan a otros, pues son mejores y más sabios.» El niño reconoce que es verdad. «Ahora bien, ¿por qué no podrían existir otros seres que superen aún a los hombres más sabios?» El niño lo acepta y es así como comienza a tener nociones de la existencia de los Angeles, de los Arcángeles y de todas las entidades de las jerarquías espirituales. Un niño que se educa así guardará siempre la conciencia de un mundo superior de sabiduría y de luz, y el deseo de dirigirse hacia ese mundo.
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El hombre que niega la existencia de mundos y de entidades que le superan, se limita y se oscurece. Si mucha gente no avanza y no evoluciona, se debe a que ignora o no quiere admitir que por encima de los humanos existen estas jerarquías sublimes de Angeles, de Arcángeles...
hasta el Trono de Dios, y el resultado es que no tienen una meta ni un ideal elevado al que aco-gerse para recibir y captar energías de un orden superior.
Naturalmente viven y se desenvuelven normalmente, pero desde el punto de vista espiritual no avanzan, ni tampoco aceptan la idea de que existen Maestros para instruirles; algunos están muertos, espiritualmente muertos. Mientras que aquellos que aceptan conscientemente la existencia de esas jerarquías espirituales tienen una meta superior, y eso les da ímpetu para emprender grandes realizaciones.
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                           X  UN AMOR SIN DEBILIDAD
Lectura del pensamiento del día:
«El padre y la madre no deben nunca ceder a los caprichos de su hijo. Deben ser tiernos, amo-rosos, pero inflexibles. Cuando han dado una orden al niño, deben exigir que obedezca. Ciertas madres ceden ante el niño porque llora y no quieren causarle pena. He ahí un enternecimiento estúpido, porque más tarde, el niño, mal acostumbrado, abusará de sus padres. La madre debe estar llena de dulzura, no irritarse, no pegarle, pero no debe ceder, exactamente como hace la naturaleza, a la que ningún deseo o capricho humano doblega.
»Si el niño pone el dedo en el fuego o en la nieve, las leyes del calor y del frío no se modifi-can para evitarle molestias. La naturaleza asiste impasible a los actos del niño; por eso aprende a respetarla. Para el niño la madre representa la naturaleza, y si no la representa correctamente, el niño ignorará que existen límites que no se deben traspasar y se perderá. A menudo, a causa de la debilidad de su madre, ciertos niños se convierten más tarde en verdaderos verdugos.»
Con frecuencia, la desgracia de una familia procede del amor ciego de los padres, porque no han sabido enseñar a sus hijos que existen leyes ante las cuales todo el mundo tiene que inclinar-se, tanto los padres como los hijos. Un niño al que se le ha consentido todo, no sabrá nunca lo que es bueno y lo que es malo, y no será culpa suya, porque está mal acostumbrado. Desde pequeño, el niño debe comenzar a aprender que existen leyes, y a sus padres incumbe enseñárse-las. «Sí, pero, ¿y si llora el pobrecito ?..» ¡Pues bien, que llore!
Desde el momento en que el niño empieza a llorar, la madre cede para que su cariñito no sea infeliz. Y desde entonces cederá toda su vida, será su esclava, su hijo la maltratará, y ella sufrirá porque ha confundido el amor con la debilidad. ¿El niño llora? Dejadle llorar, eso ensancha sus pulmones, y durante ese tiempo comprende que hay reglas que tiene que respetar y aplicar. Si cedéis a la primera lágrima, el niño continuará siempre utilizando sus lloros para haceros ceder y satisfacer todos sus caprichos. ¿Sabéis que el niño es más inteligente y más astuto que su madre? Sabe servirse de las lágrimas para obligarla a ceder, y más tarde hará pipí sobre su cabeza... en fin, qué queréis, ¡es así como las madres aprenden!
Los padres deben prevenir inmediatamente a los niños de que no obedecerán sus caprichos, de lo contrario, el día que decidan reaccionar será demasiado tarde. Cuando se dan cuenta de la gravedad de la situación, ciertos padres se vuelven de repente inflexibles, y entonces, ¡qué lucha! Incluso le pegan al niño, pero ya no pueden conseguir nada, porque esperaron demasiado. Debieron mostrarse firmes cuando era un pequeñuelo. Es necesario que los padres lleguen a vencer la debilidad de complacer al niño porque es pequeño, ya que así despiertan malas tendencias en su corazón y en su alma. No saben que por tratarse de un niño pequeño, aceptará las molestias, las reprimiendas y las órdenes de buen grado. Y más tarde, cuando comprenda, amará a sus padres y les agradecerá el haberle evitado así grandes sufrimientos.
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Ciertos padres no saben qué hacer para complacer a sus hijos, para entretenerles, y el resul-tado de ese deseo exagerado por complacerles tiene consecuencias catastróficas. Consideremos solamente el ejemplo de los juguetes. ¿Qué juguetes se fabrican para distraer a los niños? Revólveres, tanques, cañones, armas de todas clases. Se han llegado incluso a vender guillotinas
en miniatura... y los padres, ¿qué hacen? En lugar de unirse para protestar y hacer que se prohíban esa clase de juguetes, lo permiten, e incluso los compran. He ahí cómo se preparan pequeños granujas, ¡qué estupidez, que ignorancia! ¿Cómo no han pensado que esos juegos repercutirán forzosamente en el comportamiento y mentalidad de los niños? Si algunos se convierten en unos monstruos, se debe a que han recibido una educación aberrante por parte de gentes que no conocen las grandes verdades iniciáticas.
Ayer vi a un niño que hacía muecas sumamente desagradables y antiestéticas. Pregunté a su madre: ¿Dónde ha aprendido eso? - ¡Oh! su padre lo hace para entretenerle, y él le imita.» ¡Fijaos, cómo educan a los niños! Para entretenerles, para hacerles reír, les enseñan cualquier mueca estúpida que después ellos imitan. No se debe nunca enseñar nada feo o estúpido a los niños, aunque sea para entretenerles. Hay otras formas de hacerlo.
Los padres deben hacer sólo aquello que es educativo e inteligente, aunque al niño no le guste. Y éste tiene que aceptarlo y acostumbrarse. El mundo entero no busca otra cosa que los placeres, pero el placer es el peor de los guías, envilece al hombre y le hace retroceder al estado de animal. Los padres ignorantes complacen a sus hijos porque les aman, o creen que les aman. Pero hay muchas clases de amor. Hay que escoger el amor que educa, embellece, fortalece y perfecciona a vuestro hijo.
El ser humano es por naturaleza egoísta e ingrato, y corréis el peligro de estimular ese egoísmo, esa ingratitud con vuestra indulgencia exagerada. Al amar a los niños queréis dárselo todo, pero la sensatez aconseja que les privéis un poco de ciertas cosas.
Yo hablo y hablo, pero sé que los padres no me darán la razón; encontrarán que mis consejos están en contradicción con sus métodos. Pero ya que tienen problemas con sus hijos, eso prueba que necesitan mejorar sus métodos.
En la página que acabo de leeros, decía que no hay que pegar a los niños. En realidad, en casos excepcionales, una bofetada o un azote no puede hacerles daño. Ahora bien, si pegáis a un niño, tened cuidado con vuestra mirada. Porque la mirada no debe expresar ni cólera, ni hostili-dad, ni ningún sentimiento negativo, porque el niño olvidará rápidamente la bofetada o el azote que le habéis dado, pero no olvidará nunca una mirada dura: os odiará, e incluso, tarde o tem-prano tratará de verngarse. ¡Cuidado con vuestra mirada si pegáis a vuestros hijos!
A menudo los padres pegan a su hijo porque éste les irrita, y pierden la paciencia; ésa es una reacción muy negativa. Las bofetadas y los azotes no deben ser el resultado de la exasperación de los padres - la exasperación no es un sentimiento pedagógico - sino su deseo de hacer comprender al niño la existencia de reglas que tiene que respetar. Por eso he dado algunas veces este método que muchos, lo sé, encuentran raro: cuando una madre quiere corregir a su hijo, tiene que saber dominarse, debe demostrar al niño su tristeza por tener que corregirle, incluso es positivo que llore - si puede - delante de él, diciéndole: «No quisiera pegarte, pero estoy obligada porque has actuado mal y debes ser corregido.» Y enseguida, ¡hala! La azotaina. Entonces el niño siente que su madre es desdichada, que sufre y que por su culpa se ha visto obligada a actuar como lo ha hecho. Así el niño reflexionará y comprenderá que existen leyes que no hay que transgredir.
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Insisto sobre ese punto porque sé que los padres no tienen la costumbre de prestar mucha atención a la manera más adecuada de corregir a sus hijos. Nunca deben pegarles cuando están enfadados, porque dejan en su memoria una impresión de odio, de rencor, y no de justicia, cuando precisamente, para su buena educación, deben sentir que su padre y su madre son justos, y que por eso les corrigen. Esta manera de obrar es también muy negativa desde el punto de vista mágico, y os explicaré por qué. Cuando en un movimiento de cólera pegáis a un niño, le
transferís la corriente inarmónica producida por vuestros sentimientos y ésta le provoca efectos extremadamente destructores. La cóler que ha salido de vosotros bajo una forma de corriente hostil, continuará actuando desfavorablemente sobre él durante meses y años, y es así como, sin saberlo, habréis encomendado a vuestro hijo a las fuerzas negativas, las cuales se apoderarán de él. He ahí la ignorancia de los padres que, en lugar de ayudar y proteger a su hijo, destruyen en él los elementos sagrados, divinos, porque le han comunicado demasiadas fuerzas negativas salidas de su corazón. Los padres deben de ahora en adelante prohibirse esos movimientos de cólera.
Ya que no podemos educar a los padres de toda la tierra, al menos que esta luz sea aceptada por los hermanos y las hermanas de la Fraternidad Blanca Universal. Que corrijan a sus hijos porque es necesario, pero sin sentir ese sentimiento destructor que expone a los niños a la influencia de los espíritus tenebrosos. Porque, lo que también puede suceder cuando más tarde quieran dirigir a sus hijos, es que no puedan hacerlo; en lugar de ser dóciles y obedientes a sus padres, obedecerán a espíritus tenebrosos. He aquí una cuestión sobre la cual debéis reflexionar. Por lo tanto, corregid a vuestros hijos, pero solamente para hacerlos conscientes de que existen leyes que no pueden transgredir sin exponerse a grandes peligros.
Es así como actúa la naturaleza. Suponed que durante el invierno rompéis un cristal de la ventana: si no lo reemplazáis, tendréis que soportar las consecuencias y tiritaréis. No servirá de nada que le digáis a la naturaleza: «Tengo frío, ¿por qué no nos das un poco más de calor?» Seguirá impasible y vosotros os veréis obligados a reflexionar por vuestra torpeza, intentar repararla y mostraros más hábiles en el futuro. La madre, con respecto al niño, debe ser como la naturaleza: impasible e implacable, y al mismo tiempo debe mostrarle que ella también se somete a las leyes. En ese momento inculca al niño la idea de un orden, de una jerarquía, y pueden esperarse maravillas por parte de un niño que haya sido educado en esta conciencia y en este respeto a las leyes.
Evidentemente, no todos los niños son iguales. Debemos educarles según su grado de evolu-ción, su temperamento, su fuerza, su salud y muchos otros factores. Existen tantos casos dife-rentes que no se pueden dar reglas generales, ni decir: «Hacedlo de esta manera» o «Hacedlo de esta otra». Hace falta un método pedagógico particular para cada niño, y son los padres quienes deben estudiar a sus hijos y mostrarse lo suficientemente inteligentes e instruidos como para saber qué método deben emplear con ellos.
Pero lo que sí es cierto es que en todos los casos los padres deben ser impecables delante de sus hijos, y no mostrar ninguna debilidad, ninguna laguna. Conocemos el caso de madres que tenían amantes, e incluso que, durante la guerra, se acostaban en el campo con los soldados del país enemigo. Y el niño estaba ahí, porque la madre no había podido dejarle solo en casa, y miraba sin comprender. Pero algunos años más tarde, cuando se acordaba y comprendía, se podía ver en el comportamiento hacia su madre los estragos que esta escena habían producido en él. ¿Por qué las madres son tan inconscientes? Cometen cualquier acto negativo delante de sus hijitos creyendo que no se dan cuenta de nada. Sin embargo, se dan cuenta de todo. Hay aconte-cimientos, a partir del tercer, cuarto o quinto año, que un hombre no olvida jamás. Olvidará lo que ocurrió el día anterior, pero recordará siempre lo que vivió hace sesenta u ochenta años.
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Cuando los padres muestran sus debilidades, los niños se sienten perturbados, desorientados, no saben dónde agarrarse. Los niños buscan siempre instintivamente el apoyo de seres que encarnen la justicia, la nobleza, la fuerza, la perfección; todos llevan en ellos una necesidad ins-tintiva de justicia y verdad, y cuando ven que sus padres cometen una acción reprensible, hay algo en ellos que se descompone. El niño, que se siente débil y pequeño, quiere tener por encima de él una autoridad infalible que le proteja. Lo ignora todo, pero sabe que es débil; por eso tiene
necesidad de protección y se refugia en su madre para sentir su calor. Y no solamente busca apoyo en el terreno fisico, sino también en el psíquico. Por eso, cuando un niño comprende que su madre o su padre no está a la altura de la situación, se siente perdido o se subleva. Este es el origen de numerosas tragedias.
Un niño necesita que sus padres no muestren ninguna debilidad, y por eso también es muy negativo que después de haber dado una orden al niño, los padres acepten que no se les obedezca. Cuando los padres han dado una orden, deben exigir que el niño la ejecute, porque si no se dará cuenta de que sus padres no tienen firmeza ni estabilidad, y la imagen que tenga de ellos obstaculizará su educación.
Sobre este tema quisiera considerar una cuestión muy interesante. Cuando un adulto quiere actuar, debe primero reflexionar; el niño no reflexiona porque su cerebro no está preparado todavía para la reflexión. En el niño la acción es lo primero; así pues debe actuar ejecutando sin discutir lo que los adultos le piden. La acción del niño es opuesta a la de los adultos. Si el niño quiere comprenderlo todo antes de actuar, no hará nunca nada. Debe actuar antes de comprender, porque hay otros que han comprendido antes que él, y teniendo confianza en ellos, facilita su propio proceso de comprensión, el cual se manifestará más tarde.
Actuando exactamente como sus padres le piden, los niños tienen la posibilidad de llegar a ser inteligentes. Porque la verdadera inteligencia, ya es un trabajo. La realización supone siempre que una inteligencia ha precedido a la ejecución. Cuando un trabajo está bien hecho, decimos que no puede ser más que la obra de una inteligencia; que esta inteligencia sea visible o invisible, consciente o incosciente, ya es otra cuestión.
Así pues, el niño debe ejecutar lo que se le pide sin necesidad de explicaciones. Cuando la madre lleva a su hijito con ella, no es necesario que le explique detallamente dónde le lleva. El confia en ella y le da la mano sabiendo que no lo conducirá a un lugar donde haya serpientes, osos o jabalíes que le desgarren - simbólicamente hablando - y es así como el niño progresa.
Pero los niños que no tienen confianza en sus padres, o que quieren ser independientes, libres, no pueden desarrollar correctamente su inteligencia.
Ahora no empecéis a contarme historias: «Sí, pero conocemos familias donde los niños son mucho más inteligentes que sus padres, y por eso, se les rebelan.» Ya sé que pueden encontrarse niños excepcionales, pero son casos extremadamente raros. Y o os hablo en general, y en general no creo en absoluto lo que quieren hacerme creer: que la mayoría de los niños son genios que tienen razón de rebelarse contra padres embrutecidos. No; desde el momento que un niño nace en tal o cual familia, es que hay una razón; ahora que está ahí, es demasiado tarde para juzgar y criticar. Si es tan genial, ¿por qué ha venido a encarnarse en una familia de brutos? Si ha venido es para prepararse, y para ello debe escuchar a sus padres. Después, ya veremos.¡Ha habido hijos de reyes que han sido enviados al ejército como simples soldados para ser tratados - y algunas veces maltratados -como los demás!
Por tanto, no incumbe al niño discutir y criticar, no se le pide que instaure el desorden y la anarquía. Puesto que ha venido a esta familia, es necesario que comience por estar de acuerdo con ella. Cuando haya dado pruebas de su verdadera superioridad, podrá hacer lo que quiera, pero no antes. Cuando el niño obedece a sus padres y acepta hacer lo que le piden, su inteligencia comienza a despertarse. Después, poco a poco, él mismo comprende la razón de lo que hace.
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Evidentemente, hay casos donde la intransigencia de los padres puede ser catastrófica. Supongamos que lo que el niño pide sea de naturaleza espiritual, y que tenga unos padres grose-ros, ignorantes y deshonestos que le impiden realizar su ideal porque rebasa su comprensión. Si los padres se muestran inflexibles, pueden hacerle mucho daño. Por eso cada vez que se da una regla general, es necesario dar explicaciones.
Antes de pronunciarse, de dar un permiso o de negarlo de manera categórica, los padres deben medir bien las consecuencias. Pero, ¿cómo lo harán si no tienen discernimiento? Son ellos quienes deben comenzar por instruirse antes de pronunciarse, porque hay que considerar un gran número de factores: si el niño es bastante fuerte... si es el momento... si será por su bien... si posee dones particulares que hay que proteger... Incluso en lo que concierne a los alimentos, los padres deben tomar ciertos elementos en consideración y no forzarles a comer lo que encuentran bueno para ellos mismos.
Así pues, repito: un padre, una madre, no deben exigir una obediencia ciega del niño antes de haberse hecho la pregunta: «Lo que. yo le pido, ¿es algo bueno, justo, divino? ¿Lo pide su alma, lo desea profundamente, o será nocivo para su evolución?» Una vez que se han informado bien, que han visto y comprendido claramente lo que será bueno para el niño, que den la orden - permiso o prohíbición - de manera categórica, irrevocable; y el niño debe someterse.
El niño debe comprender que existen leyes a las cuales sus propios padres deben someterse. Incluso los Iniciados obedecen a esas grandes leyes de la naturaleza, y además, son los primeros en respetarlas. Tal vez respetan un poco menos las leyes humanas, que no son siempre justas, pero en cuanto a las leyes divinas, las leyes eternas, universales, las acatan, se someten a ellas.
Es ese respeto el que los discípulos de la Fraternidad Blanca Universal deben también apren-der y transmitir después a sus hijos.
Así pues, comprendedme bien. Hay que tener mucho amor por los hijos, por supuesto, pero también hay que saber cuándo y cómo manifestado. Hay momentos en los cuales no hay que mostrar el amor, sino utilizar la sabiduría, solamente de esta forma se puede hablar ver-daderamente de un amor luminoso y benéfico. El amor débil y estúpido es una catástrofe.
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                                      XI  EDUCACIÓN E INSTRUCCIÓN
I
A menudo me preguntan sobre la educación de los niños, y yo respondo: «Ved como en estos últimos años se ha hecho una gran labor en las escuelas para los niños y los adolescentes. Pero, ¿qué se ha mejorado? La parte externa. Les han dado escuelas más grandes, más bonitas, con laboratorios, radio, cine, televisión, terrenos deportivos, piscinas... Pero los niños, no han mejorado.
En el pasado, no se le daba tanta importancia a la parte externa. Cualquier casa e incluso un establo podía servir de escuela; el viento entraba por las ventanas y las rendijas se tapaban con un poco de papel; no había provisión de madera, y los niños que venían de lejos traían cada uno un tronco para mantener el fuego. Algunas veces no había ni libros, sólo el maestro tenía uno... Pero sin embargo, de esas escuelas salían seres excepcionales, de carácter fuerte, noble: gente ejem-plar. Mientras que hoy, a pesar de que han mejorado todas las condiciones materiales, salen de las escuelas seres astutos, tunantes, interesandos y deshonestos.
¡Ah! Están muy instruidos, eso sí; son capaces de recitar y de asombraros, pero en cuanto al carácter, no pueden ofrecer nada sólido ni noble.
¡Si yo os contara de qué manera iba a la escuela! Mi padre murió cuando yo era muy joven, y éramos pobres, tan pobres que mi madre no podía comprarme libros. A menudo iba al colegio por la mañana sin desayunar, y durante las clases me caía de sueño, casi me dormía. En el momento del recreo cogía los libros de mis compañeros, trataba rápidamente de aprender un poco algunas partes de la lección, y cuando el profesor me interrogaba, intentaba recordar algo de lo que había leído durante esos pocos minutos. Ahora veo que todas esas dificultades con las cuales he debido luchar, han despertado en mí ciertas facultades de las cuales me he beneficiado más tarde. Cuando se vive confortablemente, nos adormecemos. Las personas que están demasiado bien situadas en la vida, no han dado gran cosa a la humanidad. ¡Id a ver de lo que hablan, de qué se ocupan! De futilidades, de idioteces...
Algunos dirán: «Pero todas esas escuelas bien equipadas son muy útiles, nuestros hijos llegarán a ser técnicos, ingenieros...» Sí, de acuerdo, llegarán a ser todo lo que vosotros queráis, pero, ¿acaso la felicidad de la humanidad depende absolutamente del progreso técnico, de la comodidad, de la velocidad? No me opongo al progreso, pero hay que saber distinguir lo esencial de lo secundario. Actualmente, los hombres sólo se interesan por el progreso material, como si no existieran otras muchas cosas en las que también hay que progresar. Estoy completamente de acuerdo con el progreso, pero, ¿qué clase de progreso? A pesar de todas las mejoras técnicas que se han realizado, la vida no ha mejorado: la gente no es más feliz, no está más tranquila, ni más iluminada... Ni siquiera goza de mejor salud.
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En el deseo, loable, naturalmente, de mejorar el lado exterior, se ha olvidado el lado interior, el carácter. Los instructores, los profesores e incluso los padres, han pensado que era suficiente dar a los niños mejores libros, un material más perfeccionado, pero desgraciadamente eso, no ha producido los resultados esperados. Muchos se han dado cuenta al ver que a pesar de todas esas mejoras y a pesar de las reprimendas y de los castigos, los niños no mejoran, sino al contrario. ¿Por qué? Porque no tienen ante sí ejemplos vivos.
Para obtener buenos resultados es necesario que los instructores, los educadores sean ejem-plares. Y como los primeros educadores son los padres, si los padres fallan, si dan consejos y hacen lo contrario de lo que dicen, los niños se dan cuenta de que algo no funciona. Y entonces, no solamente los padres pierden su autoridad, sino que los niños comienzan a seguir su ejemplo: se dan cuenta de que hay dos verdades, una para los demás y otra para sí mismos, y que se puede hacer lo que se quiera con tal de salvar el tipo. Así pues, todos se ejercitan para llegar a ser capaces de engañar, porque ese es el ejemplo que se les da.
Actualmente, la mayoría de los pedagogos son intelectuales que no tienen verdadera vocación para su trabajo: han leído libros que les han dado algunos conocimientos superficiales, pero interiormente no tienen nada de pedagogos. El que lo es de verdad nace pedagogo, y con su sola presencia, con su mirada, con sus emanaciones educa a los niños. En la historia, ha habido hombres y mujeres que han nacido con ese amor, con esa cualidad moral que influye en los niños. Porque los niños son sensibles, son como los animales que sienten de lejos si eres su amo o no. Mirad el caballo: si el que lo monta es un cobarde, el caballo lo percibe, y le derriba... En caso contrario, se somete. Y los niños también tienen esta intuición natural.
Cada vez se ven más profesores e instructores que cuestionan sus propios métodos pedagógi-cos; con el tiempo comprenderán que para educar a los jóvenes es necesario ser impecable, y si no es así, no se puede ejercer una influencia positiva sobre ellos. ¿Y por qué es así? Los niños, ya os lo he dicho, tienen el olfato de los animales, y su juicio es, en general, infalible. No temo la sentencia de los adultos, pero tengo miedo de la de un niño, porque es una sentencia terrible. La opinión de los niños es muy importante para mí porque ven, sienten, y olfatean la verdad.
Cuando yo era alumno en el colegio de Varna, durante la guerra del catorce al dieciocho, la mayoría de nuestros profesores habían tenido que irse al frente y teníamos sustitutos que venían por un cierto tiempo a damos clase. En un año, tuvimos sucesivamente dos profesores de matemáticas. Con relación al primero, apenas entraba en clase, se armaba un alboroto ensordecedor: los alumnos comenzaban a reír, a gastar bromas... Todo lo que hacía para resta-blecer el silencio: gritar, gesticular, amenazar, era inútil... Iba incluso a buscar al director, pero cuando el director se marchaba, el alboroto y las risas volvían a empezar. Sin embargo, era ama-ble y a mí me daba lástima y no comprendía por qué mis compañeros eran tan crueles. Un día, me sentí tan indignado por su actitud hacia el profesor, que en su ausencia tomé la palabra para decirles que lo que hacían no era correcto. Estuvieron de acuerdo en enmendarse, y durante uno o dos días la cosa fue mejor. Pero después, el desorden empezó de nuevo. En realidad, se podría decir que, por su manera de ser, era el propio profesor quien provocaba las reacciones de los alumnos, como si alguna cosa emanara de él que desencadenara el alboroto y la hilaridad.
Un día se fue y le sustituyó un buen hombre, bajito, que entraba en la clase muy despacio, sin mirarnos; pero desde que aparecía, los alumnos se iban a su sitio en silencio y ya no se movían; ponía su cartera sobre la mesa, y comenzaba la lección con una voz tranquila. Nunca se encole-rizaba, nunca nos amenazaba ni nos castigaba. Conocía perfectamente todo lo que nos enseñaba, no dudaba nunca y nos veíamos obligados a trabajar. En esta época, yo tenía quince o dieciséis años, y me sentí muy impresionado. Y este hombre insignificante, que exteriormente no tenía nada notable, quedó grabado en mi memoria. Lo que nos imponía, no era solamente su saber, sino también su presencia, lo que emanaba de él. En las escuelas, en las universidades, se encuentran casos parecidos de profesores que inmediatamente, sin hacer nada, se imponen a los alumnos y a los estudiantes.
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También existen los yogis que viven en las selvas de la India, en medio de tigres y de cobras sin que éstos osen nunca aproximarse a ellos para hacerles daño. Por su pureza, por sus virtudes, esos yogis tienen vibraciones que los animales sienten, y por eso les respetan; mientras que a los
otros, les saltan encima para picarles o devorarles.
Si la instrucción adquiere cada día más importancia se debe a que todos saben que gracias a ella podrán alcanzar el mejor empleo, la mejor remuneración. Y mientras tanto, se descuida la educación porque no da ninguna de esas ventajas. Por el contrario, aquél que ha dado preferencia a las cualidades morales casi siempre resulta suplantado por individuos astutos y sin escrúpulos. Por lo demás, es más dificil trabajar para mejorar el propio carácter que obtener diplomas universitarios.
De todas maneras, también en eso los padres son culpables. Naturalmente, están contentos al tener hijos obedientes, sinceros, respetuosos, honestos, pero están todavía más contentos si sus hijos son los primeros de la clase o si pueden distinguirse recitando algunos poemas o interpretan un papel en alguna pieza teatral. Para los padres, lo esencial son las cualidades intelectuales de sus hijos y no sus cualidades morales; eso lo he visto, lo he constatado. Y más tarde, cuando los hijos son personas instruidas, incluso eruditas, influidos por no sé qué filosofia, se revuelven contra sus padres para criticarles y hacerles reproches. Y entonces los pobres padres se quedan estupefactos: ¡han hecho tantos sacrificios para instruir a sus hijos!, Y éstos utilizan la instrucción contra ellos.
Por eso les digo a todos aquellos que tienen hijos: «Si queréis que la instrucción que dais a vuestros hijos no se vuelva un día contra vosotros, aceptad las verdades de la Ciencia iniciática, aumentad la luz en vosotros, y podréis influir en el espíritu de vuestos hijos cien veces más que sus profesores.»
Los padres no deben imaginar que han hecho lo esencial por sus hijos asegurando su instruc-ción; esa ilusión sólo puede provocar el enfrentamiento entre las dos generaciones, porque en las escuelas los niños adquirirán conocimientos que los padres están lejos de tener, y cuando vuelvan con sus diplomas y su supuesta superioridad, ¡qué no oirán los padres! Estarán tristes y desconsolados al ver que sus hijos son ingratos, groseros, violentos, pero, ¿de quién es la culpa? De ellos mismos. ¿Por qué no han hecho nada para obtener la luz y las virtudes necesarias para que, a pesar de todo su saber, sus hijos reconocieran siempre su superioridad? Sí, esa debe ser la meta de todos los padres: llegar a ser tan nobles, elevados, luminosos y poderosos que sean absolutamente insuperables.
Si los padres quieren verdaderamente mantener a sus hijos junto a ellos, si quieren que les amen, les admiren y no les abandonen nunca, es necesario que les den un ejemplo extraordinario. De no hacerlo así, perderán a sus hijos. Si sólo cuentan con soluciones fáciles, se vuelven débiles, vulnerables, y el día que los problemas se presentan, se hunden. No hay que llegar hasta ahí, sino que hay que reflexionar y obrar de forma que se superen las dificultades en el momento que se presenten.
Actualmente, asistimos a toda clase de manifestaciones anormales que se deben a la impor-tancia exagerada que se da a la instrucción. Ciertamente la instrucción es necesaria, indispensa-ble, pero estamos matando a los niños y a los estudiantes con demasiados conocimientos inútiles. Por otra parte, desde el momento en que terminan sus estudios y pasan sus exámenes, se dan prisa por borrarlo todo de su cerebro. ¿De qué sirve amasar tantos conocimientos, haber perdido tantos años, si en definitiva se olvida todo y no se ha comprendido lo que es esencial en la vida? Y os explicaré lo que es esencial según la manera que tienen los Iniciados de enfocar este problema de la educación.
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Los Iniciados saben que el ser humano es comparable a un reino cuyos habitantes son sus propias células, y del cual, él es el rey. Desgraciadamente, en la mayoría de los casos, no es más que un rey destronado que ha sido derrotado por su pueblo, porque no ha sabido gobernar
sabiamente: no ha comprendido que debía educar a sus células para que todas ellas cumplieran correctamente su trabajo. En lugar de ejercer de monarca, se ocupaba en procurarse placeres de todas clases, y lo hacía tan bien, que no le quedaba tiempo para ocuparse de las necesidades de su pueblo. Mientras se encontraba sumido en sus actividades inútiles o incluso a veces criminales, los que le rodeaban, sin darse cuenta de lo que ocurría, le admiraban, pero sus propias células le estaban espiando, sin que él pudiese esconderse de ellas, y un día las células decidieron destronar a ese soberano indigno.
Nuestras células están vivas, son inteligentes, y nos vigilan. Como están siempre en comunicación con nosotros, no podemos escapar a su vigilancia: los fraudes más nimios, las artimañas más insignificantes, quedan registrados en ellas, y algún tiempo después, siguen nuestro ejemplo. Las células se dicen: «¡Vamos! Bebamos, comamos y robemos: nuestro amo es como nosotras, y nosotras somos como él». Esto es lo que no se sabe: que nuestras células siguen nuestro ejemplo.
Antes de lanzarse a la educación de los demás, cada uno debe ser el pedagogo de sus propias células, y debe saber que un pueblo al que su rey da un mal ejemplo, le imita, y ese pueblo es quien después le destrona. Mientras que si el rey da un ejemplo de bondad, de nobleza, de honestidad, sus células que le imitan hacen todo por sostenerle, se vuelven tan obedientes, tan radiantes, que su fulgor llega incluso a manifestarse en él exteriormente. Son esas radiaciones, esas emanaciones las que actúan sobre los seres humanos, sobre los animales e incluso sobre la vegetación.
Lo que el hombre ha creado interiormente por su trabajo, sus meditaciones y su pureza, se refleja primero dentro, en sus propias células, y después esas creaciones se manifiestan influyen-do en los demás. Si no conocéis esta ley, no llegaréis nunca a la verdadera realización, porque las cosas deben crearse y organizarse interiormente antes de concretarse en el plano fisico.
No creáis que los buenos y malos ejemplos los dais sólo a los demás; los dais primero a vuestras células, y cuando ven que vivís en la anarquía, se manifiestan de la misma manera. y entonces, resulta imposible hacerlas obedecer. En el momento que queréis impone ros, no os escuchan, y. por lo tanto os resulta imposible dominar vuestra sensualidad, vuestra cólera, vuestra glotonería, etc., mientras que si lográis ganar la confianza de vuestras células, podéis ejercer un gran poder sobre ellas: si llegáis a encontraros en mal estado, después de algunos minutos de concentración os obedecen, y volvéis a la paz y a la luz.
Así pues, si hasta ahora habéis dado un mal ejemplo a vuestras células, es necesario a partir de este momento mostrarles una mejor actitud, una manera más correcta de comportarse. Porque las células, que os observan, considerarán estos cambios y también os imitarán en eso. Al principio os dará la impresión de que vuestro nuevo comportamiento es poco espontáneo, pero poco a poco os parecerá más natural, y os sentiréis continuamente sostenidos, empujados en la misma dirección.
Si un hombre previamente ha trabajado sobre sí mismo, sobre sus propios hijos, se siente poderoso, vibrante, completo, y cuando deba educar a otros hombres, mujeres o niños, todos verán que se trata de un verdadero pedagogo. No hay vacíos ni huecos en él, sino que, por el con-trario, existe una integridad, una unidad, aunque no se perciba inmediatamente. Sí, porque dentro de él todos sus habitantes le sostienen y le dan fuerzas. Por eso su presencia es mágica; diga lo que diga, obtiene resultados positivos, porque todo su ser está acostumbrado a trabajar en esa dirección, no está dividido, hay un equilibrio entre su parte externa y su parte interna.
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Hay que llegar a esta integridad, a esta unidad: ser interiormente tal como nos mostramos exteriormente. En ese momento, llegamos a ser muy fuertes como pedagogos, como educadores.
Este es el verdadero poder, el poder mágico, porque todas las células del hombre emanan algo verdadero. Si no es así, sólo la parte que habla emite rayos de verdad, pero todo el resto grita: «¡No, no, no, es falso!»
En la verdad, en la unidad se encuentra la verdadera magia. La magia sobreentiende siempre una unificación de todas las fuerzas, de todas las energías; en la dispersión, en la separación, no hay ninguna magia. Pero cuando hablo de magia, hay que comprenderme : yo no me ocupo de magia, no leo libros de magia ni de brujería. Hace mucho tiempo que hojeé algunos para tener una idea, pero no tengo tiempo que perder en esas lecturas. Para mí todo el universo, toda la vida es magia: el verdadero libro mágico está expuesto ahí, delante de todos, pero no sabemos leerlo.
En realidad, existen tres categorías de educadores: los que exigen de sus hijos o de sus alum-nos el respeto a ciertas reglas que, por otra parte, ellos mismos no respetan ni externamente; aquellos que dan verdadero ejemplo delante de los demás por amor propio, por vanidad, por conservar su prestigio, pero que en secreto se permiten muchas transgresiones: y por fin, la tercera categoría: los Iniciados, los verdaderos pedagogos, los que no están divididos, y lo que dicen, lo que desean, está de acuerdo con ellos mismos, con su cuerpo y su quintaesencia. Hay que llegar hasta ahí.
Por eso os diré que para mí, el pedagogo más grande es el sol. Sí, y él es mi Maestro. Me ha dicho: «Créeme, todos esos supuestps pedagogos no conocen nada de la verdadera pedagogía. No saben que para calentar a los demás hay que ser cálido, que para iluminar a los demás hay que ser luminoso, que para vivificar a los demás hay que estar vivo. Los educadores quieren imponer a las generaciones jóvenes cualidades morales que no poseen en sí mismos, y de las cuales no pueden dar ejemplo. ¿Cómo quieres que los jóvenes no se subleven? Es normal que no obedezcan. » Eso es lo que me ha dicho el sol.
Un verdadero pedagogo debe irradiar las cualidades que quiere enseñar, tiene que emanar de él algo contagioso, estimulante, irresistible. Un verdadero poeta, un verdadero músico anima a los demás a llegar a ser poetas, músicos.
Un verdadero portador de amor transforma a los otros en amor. Un general valiente y audaz influye en sus soldados: se lanzan al asalto y se alzan con la victoria. Imaginad un cobarde, un miedoso que grita: ¡Adelante!, con una voz temblorosa; nadie le seguirá. Los educadores dicen: «Hay que ser bueno, hay que ser honesto, hay que ser...» Pero ellos, ¿acaso lo son? Entonces, ¿cómo queréis que las jóvenes generaciones les sigan?
La educación es superficial, periférica. Ahora bien, la verdadera pedagogía es una pedagogía de centro. Si interiormente sois nobles, justos y honestos, aún, sin decir nada, transformaréis a los seres que os rodean en nobles, justos y honestos.
Toda la fuerza mágica de la pedagogía consiste en dar ejemplo, nunca lo repetiré suficien-temente. El resto no son más que pasatiempos, chanzas. Saben, leen, escriben, explican y teori-zan, pero son incapaces de dar ejemplo. Yo ya no leo más libros de pedagogía, hay demasiados, y se contradicen. Si me hacéis preguntas sobre la educación en los diferentes países, sobre los nue-vos sistemas, sobre las tendencias modernas, os diré que no conozco nada de todo eso. Toda mi energía, toda mi voluntad la concentro sobre esta idea: cómo llegar a ser un ejemplo. Eso es todo.
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II
Si al final del curso escolar los instructores, los profesores están tan fatigados, no es porque el ocuparse de los niños sea un trabajo agotador, sino porque, a menudo, hacen su trabajo con espíritu de mercenarios: ante todo procuran ganarse la vida. No son los niños quienes les preocupan, y tratan de terminar su trabajo lo más rápidamente posible sin ser conscientes de la grandeza de su misión: trabajar en el alma de todos esos niños que le han sido confiados por el Cielo. Los niños tienen muchos defectos, es cierto, pero desde el momento en que se abraza la carrera de educador, se debe pensar en el porvenir de esos niños, en atenderles, en amarles. Y como los niños son sensibles al amor y a la dulzura, al cabo de algún tiempo terminan por cambiar.
Cuando todavía me encontraba en Bulgaria, hace más de cincuenta años, conocí a una mujer muy anciana, la cual hacia el final de su vida había decidido aprender a leer y a escribir. Nunca había podido hacerlo cuando era joven, y a la edad de setenta años había pedido ir a la escuela. Era en un pueblo muy pequeño y el maestro la aceptó. Pero, ¿os imagináis la reacción de los niños ante una anciana sentada como ellos en los bancos de la escuela? Se reían de ella y le hacían la vida imposible. Pero ella no solamente no se irritaba, sino que les acariaba, les abraza-ba, les llevaba pequeños regalos. Y al cabo de algún tiempo, los niños ya no se reían de ella, sino que la adoraban. Un día que se había resfriado y no había podido ir a la escuela, todos los niños fueron a su casa para suplicarle que se pusiera buena y volviera: no querían estudiar si ella no estaba con ellos.
Para producir semejante efecto sobre los niños, hay que tener un gran amor, una gran paciencia. A veces ha habido educadores extraordinarios, como Pestalozzi, el cual sin poseer una gran instrucción, gracias a su amor, tuvo grandes éxitos con niños muy dificiles; pero eso es raro. Yo comprendo el enorme trabajo que representa educar a los niños, y si puedo hablar como lo hago, es porque en Bulgaria también fui maestro, después director de colegio, y he visto los resultados que producen el amor y la paciencia sobre los niños. Debido a todo lo que los niños les contaban, los padres venían a darme las gracias, a traerme regalos... ¡No sabía qué hacer con tantos regalos! Y cuando vine a Francia, todos me acompañaron a la estación, ¡y lloraban!.. Nunca podré olvidarlo. ¡E incluso, a menudo, pienso en esos niños, muchos de los cuales deben ser ya abuelos y abuelas!
Si los pedagogos pensaran en introducir conscientemente elementos espirituales en el corazón y en el alma de los niños, puesto que esos elementos continúan después actuando toda la vida, estos niños se acordarían de esos hombres y de esas mujeres que han trabajado en ellos. Actualmente los niños no se acuerdan de sus maestros ni de sus profesores, y si se acuerdan, casi siempre es para detestarles y reírse de ellos después de tantos años. Su trabajo, por lo tanto, no tenía ningún sentido, porque no contenía ni luz, ni conciencia, ni amor.
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Cuando amamos a los niños no nos fatigamos, porque el sistema nervioso no se altera. Pero eliminad el amor, la paciencia y la fe de que conseguiréis algo, de que ganaréis amigos, y os sentiréis perdidos. Si amáis a los niños cuando todavía son muy pequeñitos, os granjeáis la amistad de sus ángeles guardianes. Cada niño tiene un ángel guardián que se ocupa de él, que vela por él, que quiere educarle; pero, a menudo, encuentra grandes dificultades porque el niño padece otras influencias. El ángel guardián vela, vigila, pero no puede hacerlo todo; por eso es tan feliz cuando ve a alguien ayudar al niño que tiene a su cargo, y le recompensa. Entonces, por vuestro buen trabajo, no solamente os ganáis a los niños y a los padres (porque los niños lo cuentan todo a sus padres sobre sus maestros y profesores), sino también al ángel guardián de los
niños. ¿No vale la pena hacer un esfuerzo, en lugar de no pensar más que en desembarazarse de los niños lo más rápidamente posible? En ese caso es mejor no ser pedagogo y cambiar de profesión.
Así pues, hay muchos métodos para trabajar con los niños. Si queréis, no penséis ni siquiera en ellos, pensad en vosotros. Para no terminar extenuados, hundidos, tratad de estar más tran-quilos, de ser más pacientes, más atentos, con lo cual economizaréis muchas energías. Si no lo hacéis así, os sentiréis irritados, nerviosos, tensos, y terminaréis por caer enfermos.
Muchos maestros y profesores pasan el tiempo echando pestes contra los niños porque no pueden cambiarles. Pero, ¿representan un ejemplo, son dignos de ser imitados? La mayoría son vulgares, mediocres, ¿cómo pretenden educar a los niños? No es ésta su vocación. Algunos sólo sirven para carniceros. ¡Y son educadores! Nunca han pensado que su tarea consiste en trabajar en el alma y en el espíritu de los niños, y por la fuerza del amor, inscribir algo divino en ellos. ¿En qué universidad se revela a los futuros pedagogos la fuerza del amor... que es el amor el que transforma, el que educa, el que mejora?
He dicho siempre que la mejor profesión, la más noble, es la de educador, la de pedagogo. Evidentemente, no todo el mundo opina así. La mayoría desprecian esta profesión. Ser fisico, abogado, médico, eso sí, eso vale la pena. Mientras que los maestros, y también los profesores, son menospreciados. ¿Qué significa ocuparse de los niños? Casi nada. Y he aquí que justamente es la profesión más importante, la más significativa. Educar a los niños, ¡es un trabajo divino! Por eso, siempre he dicho que llegará una época en que la psicología y la pedagogía, que todavía son menospreciadas, ocuparán el primer lugar. y ese momento se aproxima.
Me doy cuenta de que cada vez se da más importancia a ese problema del ser humano, a su psicología, a su educación. Porque se ha comprendido que no puede haber éxito ni felicidad estable para la humanidad mientras esta cuestión no esté resuelta. Pronto no se hablará de otro tema. Una cosa es sentir que los cambios son necesarios, y otra distinta poder aportar ver-daderamente esos cambios. Mirad lo que ocurre en la política. Todos hablan de cambio: hay que cambiar esto, hay que cambiar aquello. Es fácil hablar de cambios, pero cuando no se está verdaderamente preparado para producirlos, se hace el ridículo, eso es todo.
Para asumir esta carga de pedagogo no es suficiente estudiar tres o cuatro años en la uni-versidad, es necesaria toda una vida, e incluso varias vidas. Porque el secreto de la pedagogía se encuentra en la Ciencia iniciática. Es dentro, en el corazón, en el alma, en el espíritu donde hay que poseer un elemento pedagógico, y ese elemento que vibra, que fluye, afecta a los demás; sin que digáis nada, sin que os mováis, intentarán imitaros. Se dan cuenta de que hay en vosotros algo luminoso, cálido, vivo, y esta luz, este calor, esta vida, les ayuda a comprender mejor todo lo que queréis explicarles.
Por otra parte, alardeando de conocimientos no se puede actuar sobre los humanos. Los conocimientos son ciertamente medios poderosos, se pueden hacer comprender muchas cosas a la gente con buenos argumentos, pero eso no es suficiente: no servirá de nada que hayan com-prendido, no se moverán. Solamente el amor, la convicción, la fe, son fuerzas que estimulan, que inspiran. Son fuerzas vivas. ¡El amor y la fe, he ahí la verdadera fuerza!
Antes las dificultades de la vida, aquél que posee el saber intelectual, y sólo eso, se siente inseguro, débil y temeroso, mientras que aquél que posee el amor y la fe, aunque no sepa gran cosa, marcha hacia adelante, se eleva, desafia todos los obstáculos.
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Está dicho en los Evangelios: «Si tuvierais una fe tan grande como un grano de mostaza, podríais decir a esa montaña: desplázate, y se desplazaría. » Evidentemente, es simbólico. ¡Jesús no ha querido nunca que los humanos cambien las montañas de sitio! Las montañas están bien
donde están, no vayáis a tratar de ponerlas en otra parte, dejadlas tranquilas. La naturaleza las ha situado con mucha sabiduría para que transmitan ciertas corrientes y radiaciones. Las montañas de las que habla Jesús son otras montañas, situadas en el intelecto, en el corazón, en la voluntad. ¿Desplazó Jesús montañas? No, no se ocupaba de esas cosas, pero desplazó montañas, reinos y continentes enteros en la cabeza, en el corazón de los seres, agitó toda la tierra.
Comprendedme bien: no es suficiente acumular conocimientos, es necesario trabajar sobre el amor, la fe, la audacia, de lo contrario seguiréis siendo débiles. Seréis como aquél que pasa todo el tiempo en las bibliotecas y que al estar tan sumido en sus libros se olvida de comer: lee, lee, pero se vuelve débil, pálido, se desvitaliza y al cabo de algún tiempo se ve obligado a abandonarlo todo, incluso sus lecturas. Ahora bien, si preferís los conocimientos librescos os disecaréis, no emanaréis ni amor ni bondad: los demás sólo encontrarán en vosotros un intelecto frío y seco que discute, critica, diseca, pero que es incapaz de escapar a su desorden interno.
Esto es lo que les ocurre a menudo a los estudiantes de filosofia. Cuando terminan sus estu-dios en la Universidad, están completamente desorientados por todas esas ideas, por todos esos sistemas heteróclitos y contradictorios que han estudiado. Y es normal, porque en los estudios de filosofia encontraréis de todo, menos la verdadera filosofia. Os presentan todas las elu-cubraciones humanas de todos los siglos y de todos los países, pero esos pretendidos filósofos, a menudo no son más que individuos bastante vulgares que sólo han vislumbrado el problema a través de su limitado intelecto. Excepto unos pocos pensadores que poseyeron el verdadero conocimiento del mundo superior, y que ya mencioné en las conferencias que di sobre las Iniciaciones egipcias, * los demás acaban por desquiciar a la juventud, por quitarle la capacidad de discernir lo verdadero de lo falso y por dejarla sin fe.
¿Qué se puede hacer con una juventud que no cree en nada, que vive en el desorden? ¿Es esa la meta de la filosofia? ¿Qué interés tiene el saber que fulano ha pensado de tal manera y mengano de tal otra? Es necesario dar a los jóvenes una sola filosofia, la verdadera, la única: aquella que está contenida en el gran libro de la naturaleza viviente. Pero los profesores ni siquiera la conocen, y presentan una mezcla de ideas falsas y verdaderas, con un poco de verdad y mucho de falsedad. Es necesario saber que si continúan instruyendo a los estudiantes de esta manera, están preparando nuevas oleadas de anarquía y de suicidios.
Comprended, pues, desde ahora, que la verdadera filosofia es aquella que os da la vida, el amor y la fe. Tratad de no abandonada para arrojaros en elucubraciones, tal vez originales, pero que no os aportarán nada bueno. La prueba está en que no sois ni más fuertes ni más luminosos, porque no coméis la vida, no bebéis la luz: os contentáis con pequeños detalles superficiales en lugar de trabajar en profundidad.
En fin, cada cual es libre de hacer lo que quiera, pero yo sé de antemano cuáles serán los resultados según os alimentéis de la verdadera vida o paséis vuestro tiempo entre libros. Hasta ahora no habéis visto claramente la diferencia que existe entre alimentarse y leer. Yo no leo; no tengo tiempo, pero leo el libro de la naturaleza, y leo también en vuestras caras y en vuestros corazones. Pero sobre todo leo en el sol: él es el libro en donde leo todos los días. Cada día me hace nuevas revelaciones y de vez en cuando os las comunico. También vosotros, más tarde, lee-réis menos libros porque habréis aprendido a leer el libro de la naturaleza viva.
Por la mañana, comenzáis el día tomando el desayuno con el fin de tener fuerzas para ejecutar vuestro trabajo. Si vais a pasar el día en una biblioteca sin haber comido previamente, estaréis
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* Ver las Obras completas, tomo XXX,

                                      soñolientos y no comprenderéis nada de lo que leáis. Para trabajar hay que tener energías, y para tener energías hay que comer; eso todo el mundo lo sabe. Entonces, ¿por qué no comprendéis que existe la misma ley en el plano espiritual?
Así pues, aprended a buscar una alimentación espiritual viva, fresca, y absorbedla como absorbéis los rayos del sol por la mañana. Tenéis necesidad de una alimentación pura que proce-da de la fuente, que sea como la vida misma: ¡una alimentación simple, poderosa, que ilumine, que llene, que resucite! Y esta alimentación la recibís aquí. Por otra parte, a menudo os lo he dicho: esto no es una universidad, es un restaurante.
Por lo tanto, alegraos, porque aunque aquí no aprendáis nada, por lo menos recibís un anhelo, un entusiasmo, la vida, y eso es lo esencial. ¡Primero debéis estar vivos, y después, podéis aprender todo lo que queráis!
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