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Maestro Omraam Mikhaël Aïvanhov

Las enseñanzas iniciaticas del Maestro.


El sentido profundo del Perdón, en la vida cotidiana.

30 de Noviembre, 2011, 13:03

Por @ 30 de Noviembre, 2011, 13:03 en General



El sentido profundo del Perdón, en la vida cotidiana.

 


Escuchar el texto tranquilamente en Mp3:



 

Cuando se reconoce la existencia de la doble naturaleza humana, Superior e Inferior es fácil comprender y aceptar que el perdón nos sirve de hilo conductor para mantenernos en el camino de nuestra naturaleza superior. El perdón es un sistema mental y emocional positivo que nos permite sintonizar con las principales Leyes Cósmicas que llamamos

Leyes del Destino.

 

Esquema de la doble Naturaleza Humana.

 

 

 

Cuando se reconoce la existencia de las 4 principales grandes Leyes del Destino:

-Ley de Causa y efecto.

-Ley de grabación.

-Ley de eco.

-Ley de afinidad.

Es fácil reconocer la necesidad del perdón como hilo conductor para conectar positivamente con cada una de estas grandes leyes que legislan nuestras existencias pasadas, presentes y futuras.

Es necesario comprender que vivimos en un mundo que no existe. Los hermanos del cosmos nos explican que este mundo es “una ilusión óptica sensorial”.

Es un mundo que solo tiene realidad para nuestra naturaleza inferior, el ego es el único que se toma en serio este mundo, visto que es su mundo.

Nuestra naturaleza superior, nuestro espíritu sabe que no es de este mundo terrestre.

El perdón nos permite pues rectificar el error del ego de tomarse por real todo lo que pasa en este mundo, no haciendo real algo que no lo es.

 

¿Como podría afectarnos algo que no existe?

 

 El perdón nos desliga del sentido de culpa que dirige el ego y todo este mundo terrenal.

 

 

 

 

LAS LEYES DEL DESTINO

y el perdón.

 

 

Ley de Causa y Efecto.

 Es la primera y más importante de todas las leyes con la cual debemos sintonizar armoniosamente.

 

Nos dice: “Lo que siembras, cosecharas”.

              “No juzgas si no quieres ser juzgado”.

 

Si sabemos observar, toda acción contraria al perdón, es un juicio. No podemos juzgar, ni sabemos.

El Juicio, la culpa pertenecen a los sistemas mental y emocional utilizados en nuestra Naturaleza Inferior o ego.

El perdón es pues la clave que nos mantiene lejos del error de estar juzgando permanentemente. Nos evita estar tirando piedras sobre nuestro propio techo.

El perdón, la generosidad, la benevolencia pertenecen a los sistemas mental y emocional utilizados en nuestra Naturaleza Superior o Espiritu. 

 

Ley de Grabación.

 También debemos comprender que todos nuestros pensamientos, sentimientos y actos se registran y se graban. Además por partida doble, una grabación esta archivada en los archivos akashicos. Otra grabación se queda impregnada en una célula nuestra. A la hora de desencarnar es desde esta micro célula grabadora que nos proyectarán nuestra experiencia recién acaba para observar el éxito de esta encarnación o su fracaso según su propósito, para así, después, poder preparar la próxima encarnación más adecuadamente en virtud de nuestros aciertos y fallos en la presente encarnación.

No se pueden engañar a los Cielos Superiores.

Estas grabaciones forman unos clichés positivos o negativos que nos persiguen y condicionan de encarnación en encarnación.

Gracias al perdón podemos en el presente, rectificar los clichés negativos del pasado para poder formar unos nuevos positivos en armonía con las leyes del destino que se reflejaran en nuestra próxima encarnación. Más conocido como la formación del Dharma y del Kharma.

 

Ley de Eco.

Llamado también Ley de choque de rechazo.

El cosmos es como una gran pared que nos devuelve, como un eco, todos nuestros actos, pensamientos y sentimientos.

Si gritas a la montaña: “Te quiero”.

El eco te devolverá: “Te quiero, Te quiero…”.

Si gritas “te odio”, pues te devuelve “te odio…”.

Otra forma de ilustrar esta Ley de Eco es con el experimento del físico Holandés Gravesan que todos conocen pero pocos han meditado sobre el asunto.

 


Experimento Gravesan 1

 

Demuestra este experimento que se crea una onda de choque a través de las bolas suspendidas. Pasando de la primera a la última sin que se muevan las del medio. Pasa lo mismo con nuestros pensamientos, sentimientos y actos. Pueden actuar al otro lado del mundo, del universo con sus consecuencias propias, según su naturaleza, superior o inferior. Actuando sobre los demás seres.

 


Experimento Gravesan 2

 

 

En la (Figura 2) podemos constatar que no se para aquí el movimiento, y que el eco nos devuelve con la misma fuerza y característica la onda de salida.

Pues la aplicación del perdón nos asegura un choque de rechazo positivo en forma de bendiciones en lugar de recibir pruebas y calamidades. Pensando en los demás seres de la creación y en nosotros mismos, del mismo modo.

 

 

 

 

Ley de Afinidad.

 El perdón genera pensamientos, sentimientos puros, generosos.  Estas vibraciones que emanamos con el perdón entrarán en sintonía con los grandes almacenes cósmicos y sus millones de Seres de Luz. Estas mismas Entidades, con estas mismas vibraciones, bajo el efecto de la Ley de Afinidad, vendrán a apoyarnos y sostenernos en nuestro camino evolutivo.

El perdón nos ilumina y según la Ley de Afinidad:

“Si eres Luz, La Luz vendrá hacia ti.”

 

 

Acabo este resumen sobre el sentido, la necesidad del perdón en nuestra existencia, con su papel en el AMOR.

 

El Amor es el hilo conductor de nuestra naturaleza superior y El perdón es el hilo conductor del AMOR, bien entendido, como siendo un estado de consciencia superior que nos permite desarrollar relaciones Santas.  Nos permite obtener una evolución positiva, que nos seguirá hasta en la próxima encarnación y las siguientes. 

El AMOR y el Perdón son dos altos propósitos de existencia que debemos fijarnos, los que queremos evolucionar y armonizar nos con la gran evolución cósmica en curso.

 

“Que la Luz os acompañe”

                                                                                      Richard Wilson

Naturaleza inferior y naturaleza superior 1

30 de Noviembre, 2011, 12:54

Por @ 30 de Noviembre, 2011, 12:54 en Libros Del Maestro Aívanhov



Escucha el texto tranquilamente en Mp3:




Cualquiera que sea la interpretación o la agudeza de los análisis que puedan hacerse, es imposible encontrar un sistema que comprenda totalmente la gran complejidad del ser humano. Por eso no hay que extrañarse si las religiones y los sistemas filosóficos conocidos hasta hoy, han presentado de distintas formas su estructura psíquica.

 

 

Cuando tenemos que describir la anatomía del cuerpo humano, para facilidad de la comprensión, nos vemos obligados a hacer láminas diferentes que corresponden a los diferentes sistemas: óseo, muscular, circulatorio, nervioso etc. En geografía, igualmente, para dar una visión lo más completa posible de una región, hacemos diferentes mapas, geológico, físico, político, económico, industrial, etc. Exactamente igual que los anatomistas o los geógrafos, los Iniciados se sirven de diferentes esquemas o divisiones, según los aspectos del ser humano y las cuestiones que quieren profundizar.

Habréis podido comprobar que yo utilizo muy a menudo la división en dos: naturaleza inferior y naturaleza superior. ¿Por qué? Porque si hay una cuestión que los hombres no tienen clara, es ésta, no hay duda. Hablan de “naturaleza humana”, pero, ¿ qué es, realmente, la “naturaleza humana”? ¿Por qué, personas que se encuentran en las mismas condiciones no reaccionan de la misma manera? ¿Por qué, un hombre determinado, que ha sufrido una injusticia, sólo piensa en vengarse, mientras que otro, que ha sufrido la misma injusticia, no sólo no se venga, sino que perdona y devuelve bien por mal? ¿Qué es lo « humano» : la primera actitud o la segunda? Una mujer se encuentra con un hombre y se enamora: este hombre está casado, es feliz con su mujer y con sus hijos, pero eso no la detiene, le acosa, y a fuerza de astucias y tretas, acaba haciéndole caer en sus redes y destruye su hogar. Otra, en las mismas circunstancias, sabe dominar sus sentimientos y sus deseos;

 

 

Y aunque deba sufrir, considera que es más importante preservar la felicidad de una familia. Ahí también ¿Cuál es « humana », la primera actitud o la segunda?

La verdad es que ambas conductas son humanas, pero una de ellas está inspirada por la naturaleza inferior y la otra por la naturaleza superior, porque el ser humano está formado de estas dos naturalezas. Así pues, hablar de naturaleza humana en sí, no tiene demasiado sentido. ¡Cuántas veces, para justificar una conducta egoísta, agresiva o cobarde, oímos decir: « Es humano»! En realidad, si se piensa detenidamente, « es humano» significa simplemente, « es animal ». ¿Y por qué, decidme, tendríamos que estar obligados a dejarnos llevar por tales debilidades?

 

Una gran confusión reina en la cabeza de los hombres, y por eso es necesario concienciarles de la existencia en ellos de otra naturaleza, de una naturaleza superior que tiene manifestaciones opuestas a lo que tienen la costumbre de llamar naturaleza « humana ». Porque esta naturaleza humana no es, en realidad, sino su naturaleza inferior, una herencia del reino animal cuyas huellas llevan dentro de sí mismos.

 

Nadie está libre de esta herencia. La diferencia entre los seres, es que algunos sienten la necesidad de dominar estas tendencias animales, y otros no.

 

Los animales están muy bien tal como son. Puesto que el único problema para ellos es sobrevivir, es decir, alimentarse, abrigarse, reproducirse, defenderse, es normal que se dejen conducir exclusivamente por sus instintos. No sucede lo mismo con los humanos que tienen otra vocación. Y aunque deban arrastrar todavía su naturaleza animal, ésta no es su verdadera naturaleza. La verdadera naturaleza del hombre es su naturaleza divina, que es como una llama que hay en él que debe preservar y alimentar. Porque, hay que reconocerlo, si bien los instintos están prestos a manifestarse sin que sea necesario animarles. La naturaleza superior o divina tiene necesidad, por el contrario, de ser protegida y sostenida.

Ninguna persona necesita que le recuerden que debe asegurar su supervivencia o defender sus posesiones, lo hace espontáneamente.

 

Pero cuando se trata de mostrarse sabio, generoso, desinteresado, la cosa es más difícil porque ello exige esfuerzos, y aunque estas posibilidades existen sin duda en nosotros, poco se manifestarán si no estamos vigilantes.

Así pues, cuando hablamos del ser humano, debemos saber que hablamos de una criatura que es una, pero que posee una doble naturaleza. Estas dos naturalezas se manifiestan en dos direcciones opuestas pero tienen en común la misma estructura, porque una y otra tienen su origen en Dios, en el Creador. Sí, en nosotros, como en el universo, en el origen de todo, hay este Espíritu cósmico al que llamamos Dios.

 

Pero, ¿Qué es Dios? Incluso las religiones que afirman la existencia de un Dios único, le presentan como una trinidad. La teología cristiana enseña el misterio de un Dios en tres personas: el Padre,"'el Hijo y el Espíritu Santo, que llama Santísima Trinidad. En realidad, la Santísima Trinidad no es ningún misterio para aquellos que saben servirse de la ley de analogía.

 

Para comprender lo que es esta Trinidad divina, tenemos que recurrir al sol. El sol es un formidable poder creador de vida que se manifiesta con la luz y con el calor. Aquél que es capaz de profundizar estas manifestaciones descubrirá las relaciones que existen entre la vida, la luz y el calor del sol y las tres personas de la Santísima Trinidad.

 

En todos los niveles de la creación, desde el plano físico hasta el plano divino, volvemos a encontrar estos tres principios: la vida, la luz, el calor.

 

En el plano espiritual, (la vida), es decir, la omnipotencia creadora, se manifiesta como sabiduría (luz) y como amor (calor). Estos son esos tres principios: el poder, la sabiduría y el amor, que encontramos en la Santísima Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo, que son indisociables unos de otros, como son indisociables la vida, la luz y el calor del sol.

 

¿Veis? El misterio de un sólo Dios en tres personas no es tan difícil de dilucidar.

 

Lo que sigue siendo misterioso, es solamente la inmensidad, el esplendor de esta Esencia primordial de la que han salido todas las existencias y que nunca acabaremos de profundizar.

Dios, el Amo de la Vida, es Todo-Poder, Toda-Sabiduría y Todo-Amor.

Y el hombre ha sido creado a su imagen: con su voluntad busca el poder, con su intelecto busca la sabiduría, y con su corazón busca el amor.

 

El hombre es una trinidad que piensa, que siente y que actúa. Jesús mencionó esta trinidad cuando dijo: “Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá.”

¿Os extraña esto?

Y sin embargo, estas palabras sólo se explican por el conocimiento de esta trinidad del intelecto, del corazón y de la voluntad, que forman nuestra estructura psíquica.

« Pedid y se os dará. »

Pedid, pero ¿qué?

Y ¿quién pide en nosotros?

Y ¿quién busca? ¿Quién llama?

 

El que pide, es el corazón; el que busca, es el intelecto; la que llama, es la voluntad.

 

-El corazón pide, y lo que pide es el amor, el calor, la ternura.

-El intelecto, en cambio, no pide, busca; pero no busca ni el calor ni el amor, porque en el calor el intelecto no funciona correctamente, se duerme; busca la luz, busca la sabiduría, y sobre todo, métodos para encontrarla.

-Y la voluntad llama, porque está prisionera y quiere espacio y libertad para afirmar su poder creador.

 

 

 "Pedid y se os dará. Buscad y hallaréis. Llamad y se os abrirá.”

 

Desde hace dos mil años que los cristianos repiten estas palabras de los Evangelios, ¿han comprendido, acaso, que con estos preceptos Jesús presenta también una concepción del ser humano y que le define como corazón, intelecto y voluntad?

 

Y el corazón tiene como ideal el amor divino, el intelecto tiene como ideal la sabiduría divina, y la voluntad tiene como ideal el poder divino.

 

Desgraciadamente, la trinidad que representa en el hombre estas tres facultades de pensar, de sentir y de actuar, está más a menudo inspirada por la naturaleza inferior que por la naturaleza divina; y entonces produce pensamientos, sentimientos y actos completamente ordinarios, prosaicos y hasta criminales.

 

Podemos compararla con Cerbero, el perro con tres cabezas de la mitología griega que guardaba la entrada de los infiernos. Frente a él se alza nuestra naturaleza divina, nuestro Yo superior, que es el reflejo en nosotros de estos tres principios cósmicos de la Santísima Trinidad. Proviene de estos tres principios, del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y participa de sus mismas cualidades. Todos llevamos en nosotros a esta Entidad que es de la misma quintaesencia que la Trinidad divina; ella habita en nosotros, y debemos darle la posibilidad de tomar posesión de todo nuestro ser para que se manifieste en plenitud.

 

Comprenderéis ahora por qué no podemos hablar de “La” naturaleza humana, sino de dos naturalezas, la naturaleza inferior y la naturaleza superior, que tienen las mismas facultades de pensar, de sentir y de actuar, pero en dos direcciones contrarias.

 

Este gráfico os ilustrará sobre la cuestión de las dos naturalezas, con sus tres divisiones que cada una de ellas presenta, correspondientes a las tres funciones del hombre: el intelecto, el corazón y la voluntad, o también, el pensamiento, el sentimiento y la acción. Cada una de estas funciones tiene una sede, un vehículo. Se dice también un cuerpo. A través del cual se expresan. En la parte que representa a la naturaleza inferior, encontramos al cuerpo físico (la voluntad), el cuerpo astral (el corazón), y el cuerpo mental (el intelecto).

Y para la naturaleza superior, los cuerpos causal (el intelecto superior o razón), el cuerpo búdico (el corazón superior o alma), y el cuerpo átmico (la voluntad superior o espíritu).

En cuanto a los tres círculos concéntricos, indican las relaciones que existen entre los cuerpos superiores y los cuerpos inferiores.

 

-El cuerpo átmico, que representa la fuerza, la voluntad y el poder divinos, se refleja a través del cuerpo físico que representa la voluntad, el poder en el plano físico.

 

-El cuerpo búdico, que representa el alma con todos los sentimientos más elevados, el amor, el sacrificio, la bondad, se manifiesta a través del corazón o cuerpo astral.

 

-El cuerpo causal, que transporta los pensamientos más vastos y más luminosos, se manifiesta a través del intelecto o del cuerpo mental.

 

 

Se necesitará mucho tiempo de estudio, de trabajo, y serán aún precisas muchas experiencias, antes de que los cuerpos que constituyen la naturaleza inferior del hombre puedan expresar las cualidades y las virtudes de su naturaleza superior. Pero el día en que consiga desarrollarlas, su cuerpo mental se volverá tan penetrante que comprenderá, por fin, la sabiduría divina, su cuerpo astral será capaz de alimentar los sentimientos más nobles, su cuerpo físico tendrá todas las posibilidades de actuar, y se convertirá en una divinidad. Por eso, la única actividad realmente importante a lo largo de nuestra existencia, es la de identificar y comprender las manifestaciones de nuestras dos naturalezas.

 

A estas dos naturalezas las he llamado personalidad e individualidad.

 

En el lenguaje corriente, empleamos casi indiferentemente las palabras “personalidad” e “individualidad”. Decimos de un hombre que tiene una fuerte personalidad, o bien una fuerte individualidad, para expresar exactamente lo mismo, lo que crea mucha confusión.

Para lo que quiero explicaros concerniente a la naturaleza superior y a la naturaleza inferior en el hombre, partiremos de la palabra “personalidad”, que viene del latín “persona”. Persona es la máscara que los actores de teatro, en Roma, se ponían en el rostro para interpretar su papel. Pero observamos esta costumbre en diferentes culturas: el actor se pone una máscara que revela inmediatamente a los espectadores el papel que va a interpretar, y según el papel, cambia de máscara. De esta manera el teatro nos da una idea de lo que es la personalidad. La personalidad es el papel que el espíritu, que viene a encarnarse, va a interpretar durante una existencia.

 

Es un hombre, o una mujer, con tal temperamento, tales facultades y tales lagunas, tales cualidades y tales defectos. En otra encarnación, volverá bajo una apariencia nueva, con otra personalidad. Pero este ser que, de una existencia a otra cambia de máscara y de traje, está habitado por una entidad que no cambia porque es su Yo verdadero, su Yo divino: la individualidad.

 

El mayor error de los humanos, es que siempre tienen la nociva tendencia de identificarse con su yo inferior. Cuando alguien dice: “Yo quiero... (Dinero, un coche, una mujer), yo estoy... (Enfermo, sano, triste, alegre), yo tengo... (Tal deseo, tal gusto, tal opinión)”. Cree que es su yo verdadero el que se expresa. Pues no, es ahí, justamente, donde se equivoca. En realidad, es su naturaleza inferior la que desea, la que piensa, la que sufre, y él, ignorante, corre, galopa, para satisfacerla. Nunca se ha analizado para conocer en profundidad su verdadera naturaleza, los diferentes planos en los que evoluciona, y entonces se identifica sin cesar con su personalidad, y en particular, con su cuerpo físico. Ya es tiempo de que tome consciencia de que las manifestaciones de su cuerpo, de su corazón y de su intelecto, no son la expresión de su verdadero Yo, y que al apresurarse a satisfacerlas, se pone al servicio de algo distinto a él.

 

 

El yoga del conocimiento de sí mismo es llamado en la India « Jnani yoga ».

El que practica este yoga empieza por analizarse. Se da cuenta de que, aunque pierda un brazo, una pierna, etc., conserva su yo, puede seguir diciendo “yo”. Su yo no es, pues, este brazo, esta pierna, ni ninguno de sus órganos; y puesto que sus miembros, sus órganos, no son él, quiere ello decir que él es algo más que su cuerpo.

 

Después, estudia sus sentimientos y constata que éstos no cesan de variar de un día al otro, de un momento a otro. Además, el hecho de que pueda observarlos, analizarlos, indica que él está en otra parte, más allá.

Después estudia sus pensamientos y efectúa las mismas comprobaciones que con sus sentimientos: su yo es aún otra cosa distinta de sus opiniones, de sus pensamientos.

Y de esta manera acaba descubriendo que este yo que busca, su yo verdadero, es su Yo superior, y que este Yo es grande, poderoso, luminoso, omnisciente, una parte de Dios mismo, y hace toda clase de esfuerzos para contactar con él y unirse a él.

 

A cada uno le corresponde, ahora, comprender que lo que llama habitualmente su yo, no es más que un reflejo fugitivo, parcial, de su verdadero Yo, un espejismo, una ilusión.

 

A esta ilusión, los hindúes la llamaron,”maya”.

 

Cada ser humano posee esta naturaleza de esencia divina que habita las regiones celestiales en donde goza de la mayor libertad, de la mayor luz, de los mayores poderes. Pero sólo puede expresarse en las regiones más densas de la materia en la medida que se lo permiten los tres cuerpos inferiores.

Una persona que aquí vemos ignorante, mala, débil, es al mismo tiempo, arriba, una entidad que posee la sabiduría, el amor, la fuerza. He ahí porqué encontramos en el mismo ser esta limitación abajo y esta riqueza y esta perfección arriba.

 

Sabed, pues, que todos vosotros sois divinidades. Sí, sois divinidades, y vivís en una región muy elevada en donde ya no hay ni limitación, ni oscuridad, ni sufrimiento.

 

Allí estáis en la plenitud. Pero esta vida que vivís arriba, todavía no podéis hacerla descender aquí, sentirla, comprenderla, manifestarla, porque la personalidad no os lo permite.

 

La personalidad es obtusa, opaca, mal adaptada o mal regulada, como una radio que no llega a captar ciertas emisoras.

 

De vez en cuando, tenéis algunas revelaciones, algunas intuiciones, porque habéis logrado alcanzar a vuestro Yo divino. Pero no duran mucho tiempo, y de nuevo vuelven las nubes. Algún tiempo después, al leer un libro, al escuchar música, al admirar un paisaje, un rostro, al rezar, al meditar, sentís de nuevo como un relámpago que brilla y os deslumbra. Pero una vez más, la cosa no dura. Y así, la vida humana es una alternancia continua de luz y de tinieblas; cada día hacéis la experiencia de ello. Hasta el día en que, por fin, a fuerza de rezar, de meditar, de trabajar sobre vosotros mismos, os convertiréis en la expresión de la Divinidad y viviréis la vida nueva, el renacimiento completo.

 

Procurad, pues, ahora, tomar en serio esta cuestión de la personalidad y de la individualidad. Para mí es, verdaderamente, la cuestión esencial. En el transcurso de los siglos, numerosos pensadores, filósofos, místicos, han procurado esclarecer toda clase de temas que afectan a la vida interior. Y yo me he esforzado en aclarar un tema solamente: la naturaleza inferior y la naturaleza superior, la personalidad y la individualidad. Todo ser viene al mundo con un temperamento que le lleva hacia tal o cual preocupación. Yo, ya desde muy joven, sentí cuán importante era esta cuestión de las dos naturalezas.

 

Tenía alrededor de dieciséis años, cuando tuve una experiencia que me marcó para toda mi vida. Una noche, estaba acostado cuando, entre sueños, se me aparecieron dos personajes: uno era de una estatura impresionante, respiraba fuerza, poder, pero su rostro era duro, su mirada sombría, terrible. El otro, a su lado, era de una belleza resplandeciente, y su mirada como la de Cristo, expresaba la inmensidad del amor divino. Se encontraban frente a mí, y yo sentía como si tuviera que escoger entre estos dos seres. Estaba impresionado por el poder del primero, pero en mi corazón, en mi alma, me sentía horrorizado por lo que percibía de implacable e incluso de cruel en él. Así que, escogí el que tenía el rostro de Cristo que era la imagen de la bondad, del sacrificio. Y he hecho todo lo posible para parecerme a él.

 

De esta manera se me presentó por primera vez la cuestión de las dos naturalezas, y después no he cesado de profundizarla porque es la clave que permite resolver todos los problemas.

 

He leído muchos libros, he visitado numerosos países, me he encontrado con muchas personas, y desgraciadamente he constatado que las inteligencias más sobresalientes, las personas mejor situadas, muy raramente saben cuándo actúan según su naturaleza inferior y cuándo actúan según su naturaleza superior. No tienen nociones claras sobre este tema, ningún criterio. Cualesquiera que sean sus pensamientos, sus sentimientos, sus opiniones, sus gustos, sus deseos, nada tienen que objetar puesto que se trata de sus pensamientos, sus sentimientos, sus opiniones, sus gustos, sus deseos, se sienten justificados. No saben reconocer todo lo oscuro y deshonesto que se desliza dentro de ellos, y si alguna vez llegan a darse cuenta, no intentan remediarlo.

 

 

Claro que es difícil ver las cosas claras porque las dos naturalezas están mezcladas, enredadas, y el hombre, que no siempre es lo suficientemente instruido para discernir las influencias que recibe, se deja embarcar, a menudo, por la personalidad. Sí, la dificultad viene de la coexistencia de estas dos naturalezas. De esta forma, ciertas personas que siempre hemos creído que son razonables, sensibles, buenas, honestas, cometen de repente actos de la mayor locura o crueldad. Nada les detiene ya, y nos quedamos estupefactos porque ningún signo revelaba tales manifestaciones, y la gente exclama: “¡Pero es incomprensible, inexplicable! ¡Era un buen marido... o una buena esposa! ¡Eran unos buenos padres!”

 

Pues no, bien al contario, es totalmente comprensible y explicable. Su naturaleza inferior no había tenido hasta entonces ocasión de manifestarse, pero el día en que se dieron las condiciones propicias, se despertó; y como no habían trabajado con su naturaleza superior para darle los medios de intervenir, la naturaleza inferior lo arrastró todo. En periodo de paz, por ejemplo, los hombres se comportan, en su conjunto, más o menos razonablemente y con una cierta bondad, pero en periodos turbios, en tiempos de guerra, pueden cometer los peores horrores.

¡Cuántas veces se ha comprobado! ¿Acaso habían cambiado? No, el caso es que fue su naturaleza inferior la que se manifestó porque había encontrado las condiciones favorables para ello.

Mientras los humanos no tomen conciencia de la coexistencia en ellos de dos naturalezas, y de la necesidad de dar prioridad a la naturaleza superior, serán capaces de las mayores atrocidades. Y es inútil preguntarse después: “¿Pero, cómo es posible?” Todo es posible. Sí, todo. Y lo contrario también puede suceder: seres de apariencia ordinaria que saben manifestar un heroísmo, una fuerza de carácter insospechada, o incluso malhechores que, en determinadas circunstancias, pueden dar pruebas de bondad, de abnegación, de sacrificio, porque, de repente, su naturaleza superior ha entrado en acción.

 

 

Cuando se sienten en un estado muy negativo, los hombres tienen tendencia a pensar que su naturaleza inferior ha empeorado, y cuando atraviesan un buen periodo creen que ha mejorado un poco. Pues no, se equivocan: la naturaleza inferior no mejora nunca, siempre sigue siendo la misma; ocurre, sin embargo, que su naturaleza superior ha tenido mejores condiciones para manifestarse. Después, de nuevo, la personalidad vuelve a tomar la preponderancia, lo embrolla todo y les hace recaer en un estado deplorable. Y así sucesivamente.

 

Hay que comprender bien que no se trata del mismo yo que cambia de naturaleza, que se vuelve mejor o peor. No, no, no es que el yo cambie, sino es que hay dos naturalezas absolutamente diferentes que irrumpen alternativamente en esta escena, que llamamos “yo.”

 

La individualidad nunca se deja llevar por un pensamiento, por un sentimiento o por un acto negativo, y si se produce en el hombre la menor manifestación de este género, su origen no está en la individualidad, sino en la personalidad; e inversamente.

 

No es la misma naturaleza la que va pasando de un estado a otro.

No, el bien no puede convertirse en mal, ni el mal puede convertirse en bien; cada uno conserva eternamente su naturaleza propia. El mal no se cambia en bien, y recíprocamente. Cuando el bien se manifiesta, ya no sabemos dónde está el mal: es rechazado. Pero si el bien se debilita, veréis que el mal está siempre ahí, que no había muerto.

 

 

Cuando actuáis de forma generosa y noble, es porque os habéis salido, por un momento, de la personalidad. Pero en cuanto volvéis a ella, la encontráis tal como la habíais dejado, y lo que ahí hacéis, claro, no es muy recomendable.

 

Entonces os lamentáis: “¡Pero sigo siendo el mismo!” Sí, en la medida en que habéis dejado que vuestra personalidad se manifestase. Dejad que se manifieste la individualidad y podréis realizar, de nuevo, cosas magníficas. Vuestro error radica en descender tan rápidamente al nivel de vuestro yo inferior. Deciros, “¡Pero sigo siendo el mismo!” Y entonces, ¿quién acaba de hacer y de vivir estas maravillas? ¡En todo caso, no vuestro yo inferior! ¡Pero, sí vuestro yo superior!

 

Si se pudiera instruir verdaderamente a los humanos sobre este tema de la personalidad y de la individualidad.

 

¡Cuánto progresarían los asuntos humanos!

 

Para ello es preciso que cada uno empiece por estudiar en sí mismo cómo se desarrollan las cosas.

 

He tenido tal pensamiento, tal sentimiento, he actuado de tal manera, ¿Por qué?

Y observar ahí las consecuencias de ello. Sí, en vez de mirar siempre hacia el exterior para adquirir conocimientos que no les son demasiado útiles, sería más importante que los humanos mirasen en su interior para hacer conscientemente experiencias que les clarificaría esta cuestión de las dos naturalezas que hay en ellos. Porque la mayoría de las veces avanzan como si fuesen ciegos. Creen actuar bien cuando en realidad son guiados por su naturaleza inferior. Y de vez en cuando, sin ni siquiera saber porqué, irrumpe su naturaleza superior y les impulsa a actuar con bondad, con nobleza, con altruismo.

 

Pues bien, las cosas mejorarían mucho para ellos si hicieran conscientemente todo eso, y se dijesen a cada momento de la jornada: « Veamos, este pensamiento, este sentimiento, esta acción, ¿Me son inspirados por mi naturaleza inferior o por mi naturaleza superior? »

 

Tomemos de nuevo, ahora, el esquema de los seis cuerpos. Veis que los tres cuerpos inferiores (físico, astral y mental) están separados de los tres cuerpos superiores, (causal, búdico, átmico) por una línea de demarcación. Esta línea representa la consciencia. Con su conciencia el hombre está situado entre el mundo inferior y el mundo superior. Si no está vigilante, si su consciencia no está despierta, las fuerzas oscuras de la personalidad serán las que, evidentemente, se aventajarán.

 

Esta idea del ser humano situado en la frontera de los mundos superior e inferior, fue expresada por los Antiguos con la imagen del ángel guardián, que está a su derecha, y del diablo, que está a su izquierda. El ángel le aconseja, le ilumina, mientras que, por su parte, el diablo quiere inducirle a error para que se convierta en víctima suya. Podemos preguntamos porqué este ángel y este diablo no se atacan directamente: sería más sencillo, y el que resultase vencedor de los dos se apoderaría de este pobre tipo.

Pero no, se respetan, se estiman, se saludan: “¡Buenos días! ¿Tú por ahí? ¿Cómo andas?” El diablo no hace nada contra el ángel de luz, y el ángel tampoco fulmina al diablo. ¿Por qué?

 

Porque en realidad el ángel guardián y el diablo son imágenes que expresan estas dos realidades de un mundo superior y de un mundo inferior que se encuentran en el hombre.

 

Podemos tomar aún otra imagen y decir que lo que está por debajo de nosotros y nos tienta, es la luna que representa los instintos, el vientre y el sexo, mientras que, por encima de nosotros, está el sol que representa nuestra alma, nuestro espíritu, Dios.

 

Se trata siempre de la misma idea: lo superior y lo inferior, y el hombre situado entre ambos, con la posibilidad de volar hacia las alturas o de dejarse caer al abismo. A él, pues, le corresponde decidir hacia qué lado quiere ir.

 

Si ha comprendido cuál es su verdadero interés, cada día se esfuerza para acercarse a su Yo superior porque junto a él encontrará la luz, la paz, la libertad, y todas las verdaderas riquezas.

 

Debéis saber que, al venir a escucharme, me oiréis siempre hablar de este tema aburrido, poco atractivo: la naturaleza inferior y la naturaleza superior, la personalidad y la individualidad, porque son estos conocimientos los que permitirán transformar vuestra existencia. Ya sé que preferiríais oírme hablar de otras cosas que os revelase los arcanos de la alquimia, de la magia o de la Cábala. Pues bien, No, tenéis frente a vosotros a alguien que ha venido expresamente a importunaros pidiéndoos que trabajéis sobre vosotros mismos. Esto no os gusta, pero tratad de comprenderlo y de aceptarlo. Claro que, si quisiera, podría también daros charlas sobre toda clase de temas; hay mucho que decir, pero…

 

¿Cambiaría esto, acaso, verdaderamente vuestra existencia? Rotundamente ¡No!

 

Mientras que si llegáis a hacer este trabajo sobre vosotros mismos, aplicando las reglas que os doy, todo el saber, todos los conocimientos vendrán por añadidura, naturalmente.

 

Esta cuestión de la personalidad y de la individualidad es para mí esencial. Ya os lo dije, nunca he dejado de estudiarla porque cuando se tiene claro este tema, se posee la clave que permite resolver todos los problemas de la existencia.

 

Así que, decidíos a tomar en serio esta cuestión. Y ello significa, en primer lugar, que debéis estudiaros y observaros a fin de saber si se trata de la individualidad o de la personalidad la que se manifiesta en vosotros en cada momento. Penséis lo que penséis, hagáis lo que hagáis, inmediatamente debe dispararse en vosotros un mecanismo que os informe, como si tuvieseis una especie de ordenador interior. Todo vuestro futuro depende de esta práctica.

 

Nada debe pasar a través vuestro sin que lo hayáis identificado claramente.

 

Que logréis, después, ir por el buen camino, eso ya es otra cuestión: todavía os dejaréis engatusar por la personalidad porque por desgracia uno no se transforma tan rápidamente. Pero lo esencial es saber identificar, antes de actuar, cuál de las dos naturalezas os inspira y verificar bien, después, que no os habéis dejado engañar.

Sí, hay que saber primero lo que queremos hacer realmente y verificar, después, si es esto lo que hemos hecho.

Quizá abuse un poco con mi insistencia, pero si no tenéis a alguien que os repita y os recalque incansablemente estas verdades esenciales, dejaréis de hacer esfuerzos. Y si yo me paro, no continuaréis solos. Por eso sigo insistiendo. Al hablar de esta cuestión como lo hago, os lego mi herencia más preciada. Que sepáis disfrutar de ella. Siempre estoy disponible para contestar vuestras preguntas, siempre dispuesto a aplicar y entrenarme en mis propias enseñanzas y compartir con todos vosotros, los resultados.

 

Lo importante de cada enseñanza es poder aplicarlas y saber observar los resultados que traen a nuestra vida. Una enseñanza que se queda solo en el nivel del mundo intelectual sin aplicarse, no sirve de nada. Gracias a estas enseñanzas del Maestro Aïvanhov, podemos experimentar realmente nuestro mundo interior y el mundo invisible, multidimensional que nos rodea, en los pensamientos, los sentimientos y los actos más cotidianos. Espero que os sirvan estas enseñanzas como me sirven a mí para ser como soy. Peleando cada día para realizar mi alto ideal de existencia, intentando parecerme lo más posible a mis maestros y para ser un fiel servidor de los planes evolutivos Divinos Superiores.

 

 “¡Gracias por vuestra atención!”

“¡Que la Luz ilumine vuestro camino! ¡Todos en la Luz y La Luz en Todos!”

 

Las enseñanzas del Maestro Aïvanhov por Richard Wilson.


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